La descripción de un personaje

Para que valga la pena describir a alguien hay que odiarlo un poco, o completamente. El amor no se describe, es simple. Difícil es llegar a él, cuidarlo, mantenerlo. Pero en sí el amor es simple, y describirlo es inútil. Para hablar de alguien a quien se ama conviene más contar un episodio que alumbre indirectamente el amor que se le tiene. Pero el odio se puede aplicar directo al objeto, no necesita anécdota, y sobre todo es sabroso y perdura y encuentra siempre la comprensión del lector, porque el lector odia a alguien y quiere verlo a la parrilla, quiere una disección, un descuartizamiento en la plaza pública. Para eso, se sabe, no hacen falta motivos. El odio es más fácil que el amor.

Ahora que sabemos que no hace falta contar nada de lo que ha hecho Márquez para ganarse nuestro odio, iremos directo a Márquez, a su cara manchada del estrés de ser una basura, a sus camisas sudadas del año de la inundación y sus mocasines marrones que evocan una época en la que los trolleybuses recorrían la ciudad como grandes cucarachas azules y confiadas.

Márquez tiene bigotes angostos, una línea de color indefinible sobre los labios, y en esa larga extensión de chimpancé entre su nariz y las canas del bigote brillan gotas de sudor que a menudo bajan en una danza triste con los grandes poros de su cuero seboso.

Sus pantalones desteñidos por el sol desde el año de la inundación deben heder a orines, deben tener remiendos y zurcidos hechos por él mismo sentado en la punta del catre de una pensión, mientras escucha a Julio Sosa y toma un vaso de vino tinto con el que se ha teñido el bigote desde los dieciséis años como en un trabajo de paciente artesanía. O vive en una casona de techos altos con su anciana madre, que por un error en la burocracia de la naturaleza permanece todavía viva con el único propósito de hacerse más infelices uno al otro.

En cualquier caso, Márquez nos recuerda todo lo malo de este equívoco doloroso de doscientos años de lazos írritos nulos y disueltos que llamamos patria, y esperamos que de un momento a otro se lo lleve la parca. Que se muera. Que llame Albertina a las diez de la noche de cualquier jueves y nos diga: “falleció Márquez, me avisó recién el jefe”, y así termine de una vez todo esto. Tomaremos un taxi a la casa fúnebre en la calle Barrios Amorín, entraremos a pasos lentos, frenados por la entereza sencilla y sin pretensiones de la muerte, veremos desde la puerta de la izquierda la cara del todo muerta de Márquez en un cajón barato. Atrás un cristo de bronce, a la derecha una corona de la empresa, y en las sillas negras al lado del cajón, un hermano desagradable con una campera gris, un primo desagradable y sin pelo que mira al suelo y que probablemente esté dormido con los ojos abiertos, una viejita muy flaca que podría ser la madre de Márquez (si Márquez no vivía en una pensión y zurcía sus pantalones y sus medias mientras escuchaba a Julio Sosa), olvidada por la naturaleza y como hibernando en una tristeza de la que despertará sólo para morirse.

Fumaremos en la vereda, haremos chistes, temblaremos de frío porque ya estamos en junio, y justo antes de entrar para servirnos un café nos pasará algo muy triste: veremos que Gonzalo, María del Carmen y Peluffo hacen chistes entre ellos y nos miran. Sí: los guachos se ríen de nosotros. Y entonces pensaremos con gran claridad que nos odian y ahora nosotros somos lo que ha sido Márquez. Maldita la hora -pensaremos- que se ha muerto Márquez y nos han pasado treinta años de oficina por encima, para dejarnos heridos al costado del cajón, marcados por la misma tristeza de saber y recordar y cargar con todo. Con todo.

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