El trasplante feliz

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Nos despertaron los gritos de la gaviotas y el olor a podrido. Salté de la cama y miré por la ventana. No entendía y llamé a Marcia. Estaba visto, me dijo. Nos habían trasplantado el barrio a un basural. No el barrio entero, exactamente igual, claro, estaban las casas, pero en desorden. El almacén del Braulio, por ejemplo, me había quedado enfrente. Muy práctico para nosotros de mañana, si hubiera tenido pan y leche, pero claro, no habían llegado los repartidores. Nosotros al barrio le decíamos barrio, pero la intendencia le decía “asentamiento”, como si hubiéramos traído carpas anteayer. Parece que según los expertos el basural era el mejor lugar para trasladarnos, y parece que también salíamos ganando con las cuentas, así lo decía la carta que nos habían pasado por abajo de la puerta. Según eso, debíamos decir gracias y darle la mano a no sé quién cuando viniera la televisión, pero la televisión no vino.

El basural era un agujero, con un cartel anaranjado sobre el borde que decía “Plan de reubicación feliz”. Para el lado del cartel todavía se escuchaba el ruido de los camiones que se iban, las chatas y los buldozers que nos habían dejado ahí. Empezamos a subir por la basura, en dirección al ruido de los motores, creímos que podíamos alcanzarlos, pero apenas empezar la subida nos detuvo un aluvión de basura. Los camiones seguían descargando donde siempre y no nos escuchaban. Gritábamos y nada, entre el ruido de las gaviotas que con la llegada de más desperdicios se ponían como locas, y el de los camiones, era imposible. Pero también estábamos tan descorazonados que yo creo que aunque no hubiera habido ruido, las voces nos habrían salido como lamentos bajitos. Las casas se empezaron a partir. Con el movimiento del traslado, el estar mal apoyadas en la basura, y los golpes de las toneladas de desperdicios que caían rodando, se empezaron a desmoronar. Hubiera sido mejor que fueran de chapa y cartón. Así murieron mis suegros, aplastados por la casa que habían hecho hacía treinta años. No digo que me diera pena, la verdad, porque eran unos viejos horrendos, pero eso mató a Marcia. Se puso tan mal que no trató de esquivar la segunda avalancha. No me explico de dónde venía tanta basura, pero después de la segunda ya fue una avalancha continua que nos tapó lo que quedaba del barrio, todos a los gritos y trepándose a lo que pudieran, pero sepultados al final. Antes de que cayera la noche no quedaba nada, sólo basura. Yo conseguí escapar porque soy indestructible como una cucaracha. Salí del agujero y caminé toda la noche a oscuras por un camino de tierra y después por una ruta. Amaneció y yo seguí los rastros del barrio, que en la mudanza habían quedado restos desperdigados por el camino. Todavía no llego, pero ahora creo que no me interesa. ¿A dónde llegaría? Tengo una tristeza enorme por Marcia y por el barrio y por mí. Me digo que soy malo, que soy indestructible, pero esta tristeza me ha hecho parar varias veces sin poder respirar.

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