López

López pasó toda la noche en vela.

Nadie se burla de López.

López es bien macho.

A López lo molestan esas gentes.

Esas gentes, sí.

Quisiera matarlos.

Después de todo, le darían la razón.

Aunque me llevará tiempo, se dice, no lo comprenderán, al principio. Deberé ser cuidadoso, y tener sobre todo mucho temple, mucho temple. El mundo se me volverá en contra, pero tengo razón. Esto es cosa de valientes, de los pocos que tienen esta seguridad que tengo yo en el corazón. Esta seguridad, sí. Y debo hacerlo antes de que me maten a disgustos.

López lloraba de rabia, y en el medio del odio se horneaba su venganza, dulce venganza. Sentía el calor de la sangre de los infames correr garganta abajo, ese sabor que ahora eran lágrimas y luego sería la sangre que lavaría su honor. No pudo dormir, el amanecer lo sorprendió de ojos abiertos, endurecido como una piedra, transformado en esa gárgola que todos vieron entrar a la oficina a las ocho y cuarenta de la mañana. ¿Ése es López?, se preguntaban entre ellos. López los adivinaba pensar antes de que hablaran entre sí en voz baja, sabía que percibían su gran transformación y temían, porque a partir de ese aire de hielo que establecía, reinaba ya en su tiempo de venganza.

López, ¿Me firma esto por favor? Claro Martínez, deme. Qué buena modulación, qué bien suena su voz en la oficina, cómo imparte autoridad sólo el sonido. López, hoy viene la gente del diario, ¿usted los recibe? Claro, Méndez, quedamos en eso, ¿no? Por supuesto, López, sólo chequeaba la agenda, con permiso. Qué miedo en la voz de Méndez. Qué poca cosa esta gente, cómo le sobra a López persona y habilidad para gerenciar una empresa mucho más grande.

Y así pasan los años.

El reloj de Jorge

Jorge se compró un reloj. Salió de la galería con su reloj reluciente, caminó por la vereda y la camisa y el traje y el reloj, el pelo y la corbata, el perfume y los zapatos. Era Jorge la estampa de lo que Jorge quería y se sentía estupendo. Ahí pueden verlo venir por la vereda los que le llevan diez, quince, veinte, treinta años de esclavitud bien vestida, y los viejos y las viejas que no saben y no se acuerdan, los linyeras que de alguna manera, los plátanos, los niños que sólo ven a un señor de traje, las palomas que no le prestan atención. Jorge cruza la avenida y lo atropella un ómnibus y se ha ido Jorge pero nos queda lo importante.

Herencia

El viejo se estaba muriendo. Llamó a los hijos.

—Les dejo el negocio, las casas, los autos, hablen con García, él sabe, tiene los papeles. Se los dejo todo, sólo les pido una cosa y me voy en paz.

Los hijos, que se habían endurecido por toda una vida de trato con aquel hombre imposible, se estremecieron al entender que el padre no era más que ese pobre viejo rendido, y que se les moría. Con lágrimas en los ojos dijeron:

—Lo que sea, padre, dinos.

—Sólo una cosa les voy a pedir, hijos, y todo, todo por lo que he trabajado la vida entera será suyo. Sólo una cosa les voy a pedir, García sabe. García, por favor, dígales.

—Lo que sea, padre, tú dinos —repitieron, sin mirar a García.

—Bueno, sólo que me hagan… — y señaló hacia abajo.

No entendieron, los hijos, con el ceño fruncido, aguzaron el oído, se acercaron un poco.

—¿Que? — preguntaron.

—Un… —dijo el viejo susurrando— un tetito.

—¿Qué?

—Un tete, hijos, una mamadita. Una chupadita, hijos, y les dejo todo. Los papeles están prontos.

Tardaron en salir, con la misma expresión hastiada de siempre, derecho al baño a enjuagarse.

La descripción de un personaje

Para que valga la pena describir a alguien hay que odiarlo un poco, o completamente. El amor no se describe, es simple. Difícil es llegar a él, cuidarlo, mantenerlo. Pero en sí el amor es simple, y describirlo es inútil. Para hablar de alguien a quien se ama conviene más contar un episodio que alumbre indirectamente el amor que se le tiene. Pero el odio se puede aplicar directo al objeto, no necesita anécdota, y sobre todo es sabroso y perdura y encuentra siempre la comprensión del lector, porque el lector odia a alguien y quiere verlo a la parrilla, quiere una disección, un descuartizamiento en la plaza pública. Para eso, se sabe, no hacen falta motivos. El odio es más fácil que el amor.

Ahora que sabemos que no hace falta contar nada de lo que ha hecho Márquez para ganarse nuestro odio, iremos directo a Márquez, a su cara manchada del estrés de ser una basura, a sus camisas sudadas del año de la inundación y sus mocasines marrones que evocan una época en la que los trolleybuses recorrían la ciudad como grandes cucarachas azules y confiadas.

Márquez tiene bigotes angostos, una línea de color indefinible sobre los labios, y en esa larga extensión de chimpancé entre su nariz y las canas del bigote brillan gotas de sudor que a menudo bajan en una danza triste con los grandes poros de su cuero seboso.

Sus pantalones desteñidos por el sol desde el año de la inundación deben heder a orines, deben tener remiendos y zurcidos hechos por él mismo sentado en la punta del catre de una pensión, mientras escucha a Julio Sosa y toma un vaso de vino tinto con el que se ha teñido el bigote desde los dieciséis años como en un trabajo de paciente artesanía. O vive en una casona de techos altos con su anciana madre, que por un error en la burocracia de la naturaleza permanece todavía viva con el único propósito de hacerse más infelices uno al otro.

En cualquier caso, Márquez nos recuerda todo lo malo de este equívoco doloroso de doscientos años de lazos írritos nulos y disueltos que llamamos patria, y esperamos que de un momento a otro se lo lleve la parca. Que se muera. Que llame Albertina a las diez de la noche de cualquier jueves y nos diga: «falleció Márquez, me avisó recién el jefe», y así termine de una vez todo esto. Tomaremos un taxi a la casa fúnebre en la calle Barrios Amorín, entraremos a pasos lentos, frenados por la entereza sencilla y sin pretensiones de la muerte, veremos desde la puerta de la izquierda la cara del todo muerta de Márquez en un cajón barato. Atrás un cristo de bronce, a la derecha una corona de la empresa, y en las sillas negras al lado del cajón, un hermano desagradable con una campera gris, un primo desagradable y sin pelo que mira al suelo y que probablemente esté dormido con los ojos abiertos, una viejita muy flaca que podría ser la madre de Márquez (si Márquez no vivía en una pensión y zurcía sus pantalones y sus medias mientras escuchaba a Julio Sosa), olvidada por la naturaleza y como hibernando en una tristeza de la que despertará sólo para morirse.

Fumaremos en la vereda, haremos chistes, temblaremos de frío porque ya estamos en junio, y justo antes de entrar para servirnos un café nos pasará algo muy triste: veremos que Gonzalo, María del Carmen y Peluffo hacen chistes entre ellos y nos miran. Sí: los guachos se ríen de nosotros. Y entonces pensaremos con gran claridad que nos odian y ahora nosotros somos lo que ha sido Márquez. Maldita la hora -pensaremos- que se ha muerto Márquez y nos han pasado treinta años de oficina por encima, para dejarnos heridos al costado del cajón, marcados por la misma tristeza de saber y recordar y cargar con todo. Con todo.

Vamo, Rodríguez

 

Rodríguez no escuchaba al muchacho. Lo miraba y asentía, pero pensaba en lo cansado que estaba, y en el futuro. Más de lo mismo y siempre peor. La vida era una pelea perdida. 

El muchacho hablaba de una moto. Una moto, sí. Y el muchacho no era el imbécil. 

Lo interrumpió, le dijo que se apurara. Todavía faltaban tres boliches para terminar el reparto del día. El muchacho bajó del camión y entró a «Carámbula Hermanos» a tomar el pedido. Rodríguez debía bajar, abrir la chata y adelantar el trabajo para terminar antes. Seguro que pedían lo de siempre: diez cajas. Pero se quedó con las manos sobre el volante. Viejas, hinchadas, extrañas. La vista no iba más allá de los chorretes de jabón del parabrisas. Estaba cansado.

El muchacho volvió, voceó «¡diez cajas, Rodríguez!» y dio un par de golpes en la chapa. Pero él no se movió. El muchacho murmuró “buenísimo”, y se fue hasta atrás solo. Bajó el carrito a la calle y empezó a estibar cajas mientras cantaba una plena. 

Atardecía. El muchacho pasó con el carro. Un viaje, cinco cajas. El muchacho tenía unos championes naranja flúo, una remera verde con un logo enorme, una gorrita de los Miami Heats. Le servían los championes, la plena, la gorrita, la remera, la moto que se quería comprar.  A Rodríguez no le servía nada. 

El muchacho salió del almacén, cruzó la vereda, estibó otras cinco cajas cantando la misma plena. «¡Pronto, diez cajitas!». Rodríguez no se movía. Pensaba que podía quedarse ahí para siempre, como si fuera un componente más de la cabina del camión. Quizás estaba dormido y no se daba cuenta.

No era eso, no.

El muchacho guardó el carrito y cerró la chata. Después fue hasta la cabina, subió al estribo y metió la mano a través de la ventanilla para agarrar las boletas. Estaba enojado. «Vamo arriba, Rodríguez», roncó, y volvió al boliche en cuatro zancadas.  Allá bromeó a gritos y fue correspondido con un coro de risas forzadas. El más viejo de los Carámbula se acercó a las rejas del depósito. Era un sapo con ojitos de borracho. Saludó a Rodríguez con un movimiento de cabeza y una sonrisa triste.

Y Carámbula no era el imbécil.

Rodríguez no podía seguir. Hasta ahí había llegado. No más.

El muchacho subió al camión. Azotó la puerta un poco más que de costumbre. Como si lo quisiera despertar, como si lo quisiera agarrar a trompadas. «¿Vamo, Rodríguez?».

«Vamo», contestó Rodriguez, y se vio girando la llave, metiendo el cambio y tomando la calle, y luego la avenida, como un caballo viejo.