Reseña de Pichis en La diaria

buena crítica de Pichis en La Diaria, por Francisco Álvez Francese

 

http://ladiaria.com.uy/articulo/2016/8/la-salida-del-paraiso/

 

 

La salida del paraíso

Una gran primera novela es siempre un problema para su autor. Las comparaciones entre ella y la siguiente serán inevitables, con un horizonte de expectativas que puede convertirse en una auténtica pesadilla. La entrada al paraíso (Banda Oriental, 2015), ópera prima de Martín Lasalt, nos había situado en el Montevideo rural, con una historia terrible que involucraba la desaparición de un bebé y disparaba desgarradoras escenas de un realismo crudo, orientado hacia las palabras comunes, en un ambiente de miseria y fascinación religiosa. Por eso, sólo leer el título de su segunda novela, Pichis, recientemente publicada por la editorial Fin de Siglo, bastaba para hacernos pensar en una continuidad, en la misma ambientación misérrima, en una postulación realista del mundo.

Nada más decepcionante que adentrarse con esa previsión en este libro, pero decepcionante en el mejor sentido posible de la palabra. Hay aquí continuidad, pero no en una manera chata, sólo de temas y personajes, sino en registro, en exploración del lenguaje. Lasalt, que había conquistado a la crítica con su debut novelístico, podría haberse quedado en ese lugar, pero su segunda obra es una apuesta doble. Por un lado, recupera un sujeto poco explorado de nuestras letras (se me ocurre pensar, como antecedente lejano, en el insuperable capítulo-relato “Ópera de los cuatro mendigos”, de Carlos Martínez Moreno, incluido en El color que el infierno me escondiera -1981-) y lo hace con un tratamiento nuevo, original y arriesgado; por otro, ensaya nuevos modos que no cabían en la anterior novela, como lo fantástico o el realismo mágico, que incluye en los textos con destreza, casi imperceptiblemente.

En los mejores momentos, como en un cuento de Felisberto Hernández, estamos de pronto en plena maravilla sin solución de continuidad con la realidad. Los personajes, que son dos pichis, dos hurgadores, son un espejo de nuestras vilezas, de nuestras mezquindades, de las tristezas de una sociedad de consumo que se levanta sobre los escombros de hombres y mujeres, son las escorias del mundo contemporáneo pero a la vez no son nada de eso: ni símbolos, ni del todo personajes realistas. No en vano Macarena Langleib ha visto (en una breve reseña en las páginas de Lento) en ellos un reflejo de Vladimir y Estragon, los dos vagabundos que protagonizan Esperando a Godot, de Samuel Beckett, aunque también tienen algo estos pichis, el Cholo y la Chola (incluso en la dualidad vacía de sus nombres), de Nagg y Nell, los oscuros personajes de Final de partida, también obra de teatro del irlandés, que viven metidos hasta la mitad del cuerpo en tachos de basura, siempre hambrientos. Estas similitudes nos acercan, entonces, a una visión de la realidad a través del cristal distorsionado del absurdo, que anima a Lasalt, sobre todo en los primeros capítulos de esta brevísima novela, a desatar la imaginación y presentar situaciones imposibles en el tono cuidado de toda la obra.

Es de esta forma que asistimos a un mundo variado, múltiple, que investiga, por medio de la escritura alucinada, la naturaleza humana en las figuras de lo más marginal. En esta ambición a veces se pierde Lasalt (un encuentro con el diablo que perturba un clima bien logrado, alguna reflexión que se podría haber evitado y confiado al lector, algunas referencias culturales que, sin aportar sustancialmente nada, cortan el flujo narrativo), pero el libro no deja por eso de ser una celebración del lenguaje desatado, de la aventura de ese lenguaje, de la constatación de una voz. Y esa voz, que ciertamente había conquistado con La entrada al paraíso (un tono, un repertorio de imágenes, un vocabulario), Lasalt la usa ahora con pleno dominio y, si a veces le falla, es sólo porque se juega todo en cada oración.

En la progresión de lo que es una nouvelle pero que también cabe considerar un conjunto de cuentos cortos (ya que cada capítulo, y sobre todo los primeros, se puede leer con cierta independencia del resto), Lasalt va adensando, a fuerza de adiciones sucesivas, una atmósfera que se enrarece y se envenena, pero que a la vez se humaniza mientras escapa del lugar común, del cliché y del mero chiste. Esa opresión que nos asfixia, sobre todo si se lee Pichis de un tirón (como sugiere el autor que se haga), está hecha (y ahí está el mayor logro del libro) de retazos, de variaciones y fragmentos, de una suma de días todos iguales y todos asombrosamente distintos, que parece también un ejercicio narrativo (muchos de los capítulos empiezan con la misma fórmula: los protagonistas encontrando algo en un contenedor de basura: una cabeza humana, por ejemplo).

En su vértigo, Pichis ofrece una visión del mundo en la que, con un humor pleno de ironía, desfilan hombres y mujeres que son desnudados hasta su centro, mediante una caricaturización que tiene sus orígenes en la inversión carnavalesca. En esas caricaturas dolorosamente se asoma, sobre todo hacia el final, una realidad negra, y las criaturas aparecen, despojadas de sus atributos sociales, de sus ropas, en toda su flaca desgracia, casi sin cuerpo, realmente “desgraciadas”, es decir: por fuera de la gracia de Dios, expulsadas del paraíso.

 

 

PANAMÁ, PANAMÁ!

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En la bella Ciudad de Panamá, capital de un canal interoceánico, hay una firma de abogados que se llama Mossak Fonseca que en un dos por tres, entre el almuerzo y el primer ron, entre dos rayas en la ñata y lo que demora una puta en salir del baño, te hacen una empresa, te la registran, le ponen nombre, sede y número, y todo lo que haga falta para que una Company se sienta mayor de edad, my friend. Vale decir que esto no es un monopolio de Mossak Fonseca, y que no es ilegal. Gracias a su valioso servicio, los interesados tienen la oportunidad de evadir impuestos en los países donde hacen la guita, y/o blanquear dinero del narcotráfico, por ejemplo.

  Zonas grises de la legalidad y la legitimidad, si se quiere, porque para empezar, y como ejemplo, la cocaína en sí no es buena ni mala, depende de para qué se la use. Cualquier brasilero iniciado te puede decir “é bem legal”. Y no es joda, Rodríguez, hay que pensar en esas cosas, el mundo sigue más allá del destino del 103. Preguntémonos a quién interesa la eliminación de una industria próspera, que le da de comer a millones de familias y a sus asesinos, que socava el poder de los Estados para dárselo a los narcos, que es lo mejor que les podemos regalar por ahora a los anarquistas. Además, si la cosa está turbia de un lado, del otro está turbia también, ¿no? De otra manera no podemos pensar. Como bien dijo uno, “quien esté libre de pecado, etcétera”. Pero lo más trágico es que se condene a gente que sólo quiere evadir impuestos. Ahí está, en la lista de los Panamá Papers, por ejemplo, Máximo Fernández, dueño de Fripur, una procesadora de pescado de Montevideo que le exprimió la vida a muchísima gente durante interminables años, y no porque Máximo Fernández fuera un avaro podrido de codicia, que lo era, para qué negarlo, sino porque así son las cosas. ¿Quién hubiera lo hubiera hecho mejor que él? Si no era Fernández, algún otro se hubiera aprovechado de ese montón de gente que el cosmos había puesto ahí, como moscas en una telaraña. Hay cosas contra las que no se puede, y una de ellas es el cosmos.

  Lo que nos debemos preguntar es si estamos o no de acuerdo con el postulado de que tenemos en este mundo, y en esta vida, la libertad de hacer lo que queramos. Esa es la clave. Si, por ejemplo, una muchacha quiere ser cantante, y arrancar para la televisión y clavarse la fila para el concurso, y hacer llorar al público, y salir en avisos de queso de untar, de celulares, y sacar un disco, y aparecer en la Teletón pidiendo guita, y ya más grande, pero no tanto, aparecer en pelotas con tres tipos alrededor en un video producido por su novio, y después hacer videos porno caseros cuando ya no le paguen nada en la revistas hasta que consiga una silla de panelista a las dos de la tarde para hablar de otros videos porno caseros, ¿le vamos a quitar la oportunidad de buscar sus sueños? Como padres, como ciudadanos, ¿estamos dispuestos a sacrificar los sueños de los niños? Esta revelación de los Panamá Papers, ¿no es una amenaza a todos, para que no busquemos nuestros sueños porque podríamos ser víctimas de una caza de brujas? Porque si estos señores que quisieron amarrocarse obscenas cantidades de dinero en cuentas en el extranjero, mientras ponían pegotines en la camioneta donde se leía “¿Este es el país productivooo?!, ¿eh?!!!”, y daban quiebra sistemáticamente y dejaban en la calle a la gente que trabajaba para ellos, y cagaban bien cagados a los proveedores, y robaban en la cara a los giles que veían todos los días y que prometían solemnemente proteger hasta que la crisis los separara, si decidieron no pagar altos impuestos a los Estados, que se encargan de la redistribución, buena o mala, pero repartición al fin de las ganancias de la sociedad, si quisieron blanquear lo que sacaban con el tráfico de drogas, y con el tráfico de armas, que alguien tiene que traficar, si no, ¿con qué hacemos la guerra?, si estos señores, decimos, y señoras, que también hay damas, como la novia del canciller Nin Novoa, que en la lista están ella y su hermano, Pedro, presidente del glorioso Peñarol, si esta gente, decimos, que además hay presidentes, senadores, empresarios de todo el mundo, si esta gente, lo decimos y sudamos de miedo, nos viene calor, si ellos no zafan, ¡ellos!, ¿entonces? Es un buen momento para reflexionar, quietitos, sin hacer olas.

La ciudad

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La ciudad es gris. Si el día es soleado o luminoso se trata de otra ciudad. Para que sea mi ciudad, la vieja ciudad de posguerra de mi niñez en los ochenta, debe estar nublado, con un cielo de plomo compacto sobre la cabeza, una garúa insidiosa y una humedad que cale los huesos.

En la ciudad deberán los hombres tener un cansancio trasnochado que los envejezca definitivamente, el perfil afilado y ojos atónitos de murguistas sin dormir. Como sombras de antepasados que no adivinan, los hombres serán exactamente iguales a sus muertos y tendrán un aire de haber estado demasiado tiempo a la espera de una respuesta como para creer en ella el día que el cielo se abra. Como locos a los que no se les permite amar nada que no sea ficticio, se consumen en su pasión por el fútbol. Las mujeres son como muñecas rusas que esconden por adentro la velocidad y la rabia que por afuera es calma y despaciosidad, y son más conscientes que los hombres de ser exactamente sus abuelas y tatarabuelas, no las sorprende esto, ni las maravilla. Las aburre un poco ser inmortales, no les queda ánimo para suspirar, y se vuelven gárgolas grises. La ciudad es un purgatorio, una sala de espera, una fila. A veces, hombres y mujeres, darán la impresión de haber llegado a destino. Pero eso no pasa en la ciudad, la vieja ciudad de mi niñez en los ochenta, escala demorada, error de itinerario, lección, condena, karma, joda. La ciudad es de verdad y a la vez un error de la imaginación colectiva que no encuentra ya el modo de arreglar lo que ha hecho.

Aquella ciudad sale bajo las cáscaras de la publicidad de este siglo de redoblada estupidez. Está viva bajo los pies de los sonámbulos y los muerde, los recocina en su odio lento, los vuelve a morder todos los días como un perro malagradecido. El tiempo de la ciudad gana. A golpes de frustración y cansancio, de humedad y cielo gris, de esperas y mentiras y traiciones innecesarias, moldea las entrañas de los habitantes distraídos con sus sonrisas importadas y alquiladas por hora. Sueña la ciudad con un día de cenizas, en el que un volcán imposible, una bomba, una epidemia, barra con la gente y para quedarse sorprendida en la paz de su aliento triste, envuelta en su silencio para lamerse tranquila hasta dormir, sin montevideanos que la quieran.

El trasplante feliz

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Nos despertaron los gritos de la gaviotas y el olor a podrido. Salté de la cama y miré por la ventana. No entendía y llamé a Marcia. Estaba visto, me dijo. Nos habían trasplantado el barrio a un basural. No el barrio entero, exactamente igual, claro, estaban las casas, pero en desorden. El almacén del Braulio, por ejemplo, me había quedado enfrente. Muy práctico para nosotros de mañana, si hubiera tenido pan y leche, pero claro, no habían llegado los repartidores. Nosotros al barrio le decíamos barrio, pero la intendencia le decía “asentamiento”, como si hubiéramos traído carpas anteayer. Parece que según los expertos el basural era el mejor lugar para trasladarnos, y parece que también salíamos ganando con las cuentas, así lo decía la carta que nos habían pasado por abajo de la puerta. Según eso, debíamos decir gracias y darle la mano a no sé quién cuando viniera la televisión, pero la televisión no vino.

El basural era un agujero, con un cartel anaranjado sobre el borde que decía “Plan de reubicación feliz”. Para el lado del cartel todavía se escuchaba el ruido de los camiones que se iban, las chatas y los buldozers que nos habían dejado ahí. Empezamos a subir por la basura, en dirección al ruido de los motores, creímos que podíamos alcanzarlos, pero apenas empezar la subida nos detuvo un aluvión de basura. Los camiones seguían descargando donde siempre y no nos escuchaban. Gritábamos y nada, entre el ruido de las gaviotas que con la llegada de más desperdicios se ponían como locas, y el de los camiones, era imposible. Pero también estábamos tan descorazonados que yo creo que aunque no hubiera habido ruido, las voces nos habrían salido como lamentos bajitos. Las casas se empezaron a partir. Con el movimiento del traslado, el estar mal apoyadas en la basura, y los golpes de las toneladas de desperdicios que caían rodando, se empezaron a desmoronar. Hubiera sido mejor que fueran de chapa y cartón. Así murieron mis suegros, aplastados por la casa que habían hecho hacía treinta años. No digo que me diera pena, la verdad, porque eran unos viejos horrendos, pero eso mató a Marcia. Se puso tan mal que no trató de esquivar la segunda avalancha. No me explico de dónde venía tanta basura, pero después de la segunda ya fue una avalancha continua que nos tapó lo que quedaba del barrio, todos a los gritos y trepándose a lo que pudieran, pero sepultados al final. Antes de que cayera la noche no quedaba nada, sólo basura. Yo conseguí escapar porque soy indestructible como una cucaracha. Salí del agujero y caminé toda la noche a oscuras por un camino de tierra y después por una ruta. Amaneció y yo seguí los rastros del barrio, que en la mudanza habían quedado restos desperdigados por el camino. Todavía no llego, pero ahora creo que no me interesa. ¿A dónde llegaría? Tengo una tristeza enorme por Marcia y por el barrio y por mí. Me digo que soy malo, que soy indestructible, pero esta tristeza me ha hecho parar varias veces sin poder respirar.

El pozo uruguayo

petroleo.jpg  El pozo petrolero uruguayo va a ser el más profundo del planeta. El más profundo. Sabemos que va a llevar tiempo, porque si el viaducto de trescientos metros de Paso Molino llevó veinte años, imaginad el trámite de nuestro pozo. Si hacer una vereda nos lleva lo mismo que una catedral, imaginad nuestro pozo. Mientras, el petróleo seguirá bajando de precio, en Medio Oriente van a seguir abriendo y cerrando países, van a caer un par de bombas atómicas acá y acullá, pero nada grave, no se crea, dos, tres millones de muertos, y lejos, y también se va a terminar de llenar de turcos la vieja Europa, y se va a desatar una tremenda guerra, una guerra bárbara pero con tecnología de ciencia ficción va a empezar y va a terminar cuando ya nadie espere que termine, ni se entere, y nosotros, taladrando. Todos los uruguayos aguantando el proyecto, llevamos y traemos caños, le cebamos mate a los trabajadores, hacemos rifas para comprar materiales, hacemos kermeses, maratones televisivas, tenemos camisetas con la cara del jefe de ingenieros, que se ha vuelto nuestro nuevo prócer nacional, tenemos un club de fútbol, el Pozo Petrolero Uruguayo F.C., que sale campeón de América en una gesta gloriosa, y el precio del petróleo sigue bajando. Todos los uruguayos nos despertamos de mañana y revisamos el precio del petróleo, de eso se habla en las casas, en los puestos de choripán, en las iglesias, que vamos a volver a llenar porque creyentes, agnósticos y ateos se van a volcar a la casa de Dios para apurar el chorro del preciado oro negro que nos tape de la mierda prehistórica que todavía fuman las máquinas. Queremos petróleo, Dios, ¿cómo hay que decirte? Todos los diarios tienen un suplemento que se llama El Pozo Hoy, Desde el Pozo, Nuestro Pozo, y así, con información, anécdotas y todo lo que nos incumbe a nosotros, como petroleros uruguayos que somos.

   El satélite dice que estamos a poco de llegar, lo mismo indican las muestras de la inmunda arena de petróleo que promete y promete, que es más difícil y dañina de exprimir que cualquier tipo de crudo, pero los charrúas estamos ahí, nos chupa un huevo el agua, queremos petróleo, que se lleven el agua del acuífero, ¿para qué sirve el agua?, queremos petróleo, estamos al pie del pozo, vamo que se puede, vamo que se puede, mientras hay reuniones en Canadá, Holanda, Japón, cumbres mundiales en las que se acuerda por fin dejar atrás los combustibles fósiles. ¿Eh? Que los combustibles fósiles son declarados ilegales. Obsoletos, y además ilegales. No se puede creer. Guerra a los combustibles fósiles, firman todos. Todos, hasta los que no firmaban porque se cagaban en la madre tierra y en los hijos y en los nietos, ahora firman. ¡Ahora, que estamos por encontrar, Tito! ¿Qué hago?, pregunta Tito. Vos dale al taladro, Tito, seguí hijo de puta, no pares que estamos cerca. Y Tito sigue metiendo taladro. Todo Uruguay con la camiseta puesta. Hay niños que se llaman Pozo Petrolero, Uruguay Petróleo, Arena de Petróleo, y ahora quieren que paremos, están locos. Pero parece que se nos escapa el petróleo, ya pasamos de la cantidad de kilómetros hace rato y no sale, hasta que sí, de un momento a otro alcanzamos lo que una generación entera esperó, soñó, especuló: el petróleo uruguayo. ¡Tomá! Tomen giles, Uruguay pa todo el mundo, encontramos el petróleo, y atrás, un sismo, un maremoto, el fin del mundo, porque en el entusiasmo rajamos la corteza hasta el fondo, la rajamos mal, pero mal, y se parte, se abre el planeta como una fruta, se terminó todo. Se terminó. ¡Uruguay nomá, campeón del mundo, taladrando hasta liberar el Armagedón!

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