PANAMÁ, PANAMÁ!

_87170948_a701f643-b5a3-4511-9859-50655af39e06.jpg

En la bella Ciudad de Panamá, capital de un canal interoceánico, hay una firma de abogados que se llama Mossak Fonseca que en un dos por tres, entre el almuerzo y el primer ron, entre dos rayas en la ñata y lo que demora una puta en salir del baño, te hacen una empresa, te la registran, le ponen nombre, sede y número, y todo lo que haga falta para que una Company se sienta mayor de edad, my friend. Vale decir que esto no es un monopolio de Mossak Fonseca, y que no es ilegal. Gracias a su valioso servicio, los interesados tienen la oportunidad de evadir impuestos en los países donde hacen la guita, y/o blanquear dinero del narcotráfico, por ejemplo.

  Zonas grises de la legalidad y la legitimidad, si se quiere, porque para empezar, y como ejemplo, la cocaína en sí no es buena ni mala, depende de para qué se la use. Cualquier brasilero iniciado te puede decir “é bem legal”. Y no es joda, Rodríguez, hay que pensar en esas cosas, el mundo sigue más allá del destino del 103. Preguntémonos a quién interesa la eliminación de una industria próspera, que le da de comer a millones de familias y a sus asesinos, que socava el poder de los Estados para dárselo a los narcos, que es lo mejor que les podemos regalar por ahora a los anarquistas. Además, si la cosa está turbia de un lado, del otro está turbia también, ¿no? De otra manera no podemos pensar. Como bien dijo uno, “quien esté libre de pecado, etcétera”. Pero lo más trágico es que se condene a gente que sólo quiere evadir impuestos. Ahí está, en la lista de los Panamá Papers, por ejemplo, Máximo Fernández, dueño de Fripur, una procesadora de pescado de Montevideo que le exprimió la vida a muchísima gente durante interminables años, y no porque Máximo Fernández fuera un avaro podrido de codicia, que lo era, para qué negarlo, sino porque así son las cosas. ¿Quién hubiera lo hubiera hecho mejor que él? Si no era Fernández, algún otro se hubiera aprovechado de ese montón de gente que el cosmos había puesto ahí, como moscas en una telaraña. Hay cosas contra las que no se puede, y una de ellas es el cosmos.

  Lo que nos debemos preguntar es si estamos o no de acuerdo con el postulado de que tenemos en este mundo, y en esta vida, la libertad de hacer lo que queramos. Esa es la clave. Si, por ejemplo, una muchacha quiere ser cantante, y arrancar para la televisión y clavarse la fila para el concurso, y hacer llorar al público, y salir en avisos de queso de untar, de celulares, y sacar un disco, y aparecer en la Teletón pidiendo guita, y ya más grande, pero no tanto, aparecer en pelotas con tres tipos alrededor en un video producido por su novio, y después hacer videos porno caseros cuando ya no le paguen nada en la revistas hasta que consiga una silla de panelista a las dos de la tarde para hablar de otros videos porno caseros, ¿le vamos a quitar la oportunidad de buscar sus sueños? Como padres, como ciudadanos, ¿estamos dispuestos a sacrificar los sueños de los niños? Esta revelación de los Panamá Papers, ¿no es una amenaza a todos, para que no busquemos nuestros sueños porque podríamos ser víctimas de una caza de brujas? Porque si estos señores que quisieron amarrocarse obscenas cantidades de dinero en cuentas en el extranjero, mientras ponían pegotines en la camioneta donde se leía “¿Este es el país productivooo?!, ¿eh?!!!”, y daban quiebra sistemáticamente y dejaban en la calle a la gente que trabajaba para ellos, y cagaban bien cagados a los proveedores, y robaban en la cara a los giles que veían todos los días y que prometían solemnemente proteger hasta que la crisis los separara, si decidieron no pagar altos impuestos a los Estados, que se encargan de la redistribución, buena o mala, pero repartición al fin de las ganancias de la sociedad, si quisieron blanquear lo que sacaban con el tráfico de drogas, y con el tráfico de armas, que alguien tiene que traficar, si no, ¿con qué hacemos la guerra?, si estos señores, decimos, y señoras, que también hay damas, como la novia del canciller Nin Novoa, que en la lista están ella y su hermano, Pedro, presidente del glorioso Peñarol, si esta gente, decimos, que además hay presidentes, senadores, empresarios de todo el mundo, si esta gente, lo decimos y sudamos de miedo, nos viene calor, si ellos no zafan, ¡ellos!, ¿entonces? Es un buen momento para reflexionar, quietitos, sin hacer olas.

La ciudad

montevideo gris.jpg

La ciudad es gris. Si el día es soleado o luminoso se trata de otra ciudad. Para que sea mi ciudad, la vieja ciudad de posguerra de mi niñez en los ochenta, debe estar nublado, con un cielo de plomo compacto sobre la cabeza, una garúa insidiosa y una humedad que cale los huesos.

En la ciudad deberán los hombres tener un cansancio trasnochado que los envejezca definitivamente, el perfil afilado y ojos atónitos de murguistas sin dormir. Como sombras de antepasados que no adivinan, los hombres serán exactamente iguales a sus muertos y tendrán un aire de haber estado demasiado tiempo a la espera de una respuesta como para creer en ella el día que el cielo se abra. Como locos a los que no se les permite amar nada que no sea ficticio, se consumen en su pasión por el fútbol. Las mujeres son como muñecas rusas que esconden por adentro la velocidad y la rabia que por afuera es calma y despaciosidad, y son más conscientes que los hombres de ser exactamente sus abuelas y tatarabuelas, no las sorprende esto, ni las maravilla. Las aburre un poco ser inmortales, no les queda ánimo para suspirar, y se vuelven gárgolas grises. La ciudad es un purgatorio, una sala de espera, una fila. A veces, hombres y mujeres, darán la impresión de haber llegado a destino. Pero eso no pasa en la ciudad, la vieja ciudad de mi niñez en los ochenta, escala demorada, error de itinerario, lección, condena, karma, joda. La ciudad es de verdad y a la vez un error de la imaginación colectiva que no encuentra ya el modo de arreglar lo que ha hecho.

Aquella ciudad sale bajo las cáscaras de la publicidad de este siglo de redoblada estupidez. Está viva bajo los pies de los sonámbulos y los muerde, los recocina en su odio lento, los vuelve a morder todos los días como un perro malagradecido. El tiempo de la ciudad gana. A golpes de frustración y cansancio, de humedad y cielo gris, de esperas y mentiras y traiciones innecesarias, moldea las entrañas de los habitantes distraídos con sus sonrisas importadas y alquiladas por hora. Sueña la ciudad con un día de cenizas, en el que un volcán imposible, una bomba, una epidemia, barra con la gente y para quedarse sorprendida en la paz de su aliento triste, envuelta en su silencio para lamerse tranquila hasta dormir, sin montevideanos que la quieran.

El trasplante feliz

casa basurero.jpg

Nos despertaron los gritos de la gaviotas y el olor a podrido. Salté de la cama y miré por la ventana. No entendía y llamé a Marcia. Estaba visto, me dijo. Nos habían trasplantado el barrio a un basural. No el barrio entero, exactamente igual, claro, estaban las casas, pero en desorden. El almacén del Braulio, por ejemplo, me había quedado enfrente. Muy práctico para nosotros de mañana, si hubiera tenido pan y leche, pero claro, no habían llegado los repartidores. Nosotros al barrio le decíamos barrio, pero la intendencia le decía “asentamiento”, como si hubiéramos traído carpas anteayer. Parece que según los expertos el basural era el mejor lugar para trasladarnos, y parece que también salíamos ganando con las cuentas, así lo decía la carta que nos habían pasado por abajo de la puerta. Según eso, debíamos decir gracias y darle la mano a no sé quién cuando viniera la televisión, pero la televisión no vino.

El basural era un agujero, con un cartel anaranjado sobre el borde que decía “Plan de reubicación feliz”. Para el lado del cartel todavía se escuchaba el ruido de los camiones que se iban, las chatas y los buldozers que nos habían dejado ahí. Empezamos a subir por la basura, en dirección al ruido de los motores, creímos que podíamos alcanzarlos, pero apenas empezar la subida nos detuvo un aluvión de basura. Los camiones seguían descargando donde siempre y no nos escuchaban. Gritábamos y nada, entre el ruido de las gaviotas que con la llegada de más desperdicios se ponían como locas, y el de los camiones, era imposible. Pero también estábamos tan descorazonados que yo creo que aunque no hubiera habido ruido, las voces nos habrían salido como lamentos bajitos. Las casas se empezaron a partir. Con el movimiento del traslado, el estar mal apoyadas en la basura, y los golpes de las toneladas de desperdicios que caían rodando, se empezaron a desmoronar. Hubiera sido mejor que fueran de chapa y cartón. Así murieron mis suegros, aplastados por la casa que habían hecho hacía treinta años. No digo que me diera pena, la verdad, porque eran unos viejos horrendos, pero eso mató a Marcia. Se puso tan mal que no trató de esquivar la segunda avalancha. No me explico de dónde venía tanta basura, pero después de la segunda ya fue una avalancha continua que nos tapó lo que quedaba del barrio, todos a los gritos y trepándose a lo que pudieran, pero sepultados al final. Antes de que cayera la noche no quedaba nada, sólo basura. Yo conseguí escapar porque soy indestructible como una cucaracha. Salí del agujero y caminé toda la noche a oscuras por un camino de tierra y después por una ruta. Amaneció y yo seguí los rastros del barrio, que en la mudanza habían quedado restos desperdigados por el camino. Todavía no llego, pero ahora creo que no me interesa. ¿A dónde llegaría? Tengo una tristeza enorme por Marcia y por el barrio y por mí. Me digo que soy malo, que soy indestructible, pero esta tristeza me ha hecho parar varias veces sin poder respirar.

El pozo uruguayo

petroleo.jpg  El pozo petrolero uruguayo va a ser el más profundo del planeta. El más profundo. Sabemos que va a llevar tiempo, porque si el viaducto de trescientos metros de Paso Molino llevó veinte años, imaginad el trámite de nuestro pozo. Si hacer una vereda nos lleva lo mismo que una catedral, imaginad nuestro pozo. Mientras, el petróleo seguirá bajando de precio, en Medio Oriente van a seguir abriendo y cerrando países, van a caer un par de bombas atómicas acá y acullá, pero nada grave, no se crea, dos, tres millones de muertos, y lejos, y también se va a terminar de llenar de turcos la vieja Europa, y se va a desatar una tremenda guerra, una guerra bárbara pero con tecnología de ciencia ficción va a empezar y va a terminar cuando ya nadie espere que termine, ni se entere, y nosotros, taladrando. Todos los uruguayos aguantando el proyecto, llevamos y traemos caños, le cebamos mate a los trabajadores, hacemos rifas para comprar materiales, hacemos kermeses, maratones televisivas, tenemos camisetas con la cara del jefe de ingenieros, que se ha vuelto nuestro nuevo prócer nacional, tenemos un club de fútbol, el Pozo Petrolero Uruguayo F.C., que sale campeón de América en una gesta gloriosa, y el precio del petróleo sigue bajando. Todos los uruguayos nos despertamos de mañana y revisamos el precio del petróleo, de eso se habla en las casas, en los puestos de choripán, en las iglesias, que vamos a volver a llenar porque creyentes, agnósticos y ateos se van a volcar a la casa de Dios para apurar el chorro del preciado oro negro que nos tape de la mierda prehistórica que todavía fuman las máquinas. Queremos petróleo, Dios, ¿cómo hay que decirte? Todos los diarios tienen un suplemento que se llama El Pozo Hoy, Desde el Pozo, Nuestro Pozo, y así, con información, anécdotas y todo lo que nos incumbe a nosotros, como petroleros uruguayos que somos.

   El satélite dice que estamos a poco de llegar, lo mismo indican las muestras de la inmunda arena de petróleo que promete y promete, que es más difícil y dañina de exprimir que cualquier tipo de crudo, pero los charrúas estamos ahí, nos chupa un huevo el agua, queremos petróleo, que se lleven el agua del acuífero, ¿para qué sirve el agua?, queremos petróleo, estamos al pie del pozo, vamo que se puede, vamo que se puede, mientras hay reuniones en Canadá, Holanda, Japón, cumbres mundiales en las que se acuerda por fin dejar atrás los combustibles fósiles. ¿Eh? Que los combustibles fósiles son declarados ilegales. Obsoletos, y además ilegales. No se puede creer. Guerra a los combustibles fósiles, firman todos. Todos, hasta los que no firmaban porque se cagaban en la madre tierra y en los hijos y en los nietos, ahora firman. ¡Ahora, que estamos por encontrar, Tito! ¿Qué hago?, pregunta Tito. Vos dale al taladro, Tito, seguí hijo de puta, no pares que estamos cerca. Y Tito sigue metiendo taladro. Todo Uruguay con la camiseta puesta. Hay niños que se llaman Pozo Petrolero, Uruguay Petróleo, Arena de Petróleo, y ahora quieren que paremos, están locos. Pero parece que se nos escapa el petróleo, ya pasamos de la cantidad de kilómetros hace rato y no sale, hasta que sí, de un momento a otro alcanzamos lo que una generación entera esperó, soñó, especuló: el petróleo uruguayo. ¡Tomá! Tomen giles, Uruguay pa todo el mundo, encontramos el petróleo, y atrás, un sismo, un maremoto, el fin del mundo, porque en el entusiasmo rajamos la corteza hasta el fondo, la rajamos mal, pero mal, y se parte, se abre el planeta como una fruta, se terminó todo. Se terminó. ¡Uruguay nomá, campeón del mundo, taladrando hasta liberar el Armagedón!

MÁS: 

https://martinlasalt.com/

https://martinlasalt.com/2014/09/09/herencia/

https://martinlasalt.com/2015/09/03/plano-medio-de-garcia-tomando-mate/

https://martinlasalt.com/2015/07/13/un-hombre-esta-por-morir-y-recibe-una-llamada/

https://martinlasalt.com/2014/10/22/oh-pecador/

https://martinlasalt.com/2014/05/22/la-descripcion-de-un-personaje-2/

http://artelasalt.com/

PRESENTACIÓN DE LA ENTRADA AL PARAÍSO EN LA FERIA DEL LIBRO- POR CARLOS MARÍA DOMÍNGUEZ

PRESENTACIÓN DE CARLOS MARÍA DOMÍNGUEZ:

Mi orgullo por presentar a un nuevo escritor en las letras nacionales. Un escritor que presenta su primera novela con la promesa de entregar en los años próximos otras muestras de su indiscutible talento. ¿En qué consiste su talento? En una prosa jugada a la intensidad de las experiencias que narra con una infrecuente libertad para cambiar no de punto de vista sino de perspectiva, de modo que los hechos narrados cobran diferentes coloraturas o visiones a medida que el relato avanza y se diría que juega, porque tiene un componente lúdico importante, con los distintos modos de narrarlos. Al mismo tiempo que mueve la historia que cuenta, también mueve la posición del narrador. No solo la historia no se deja reducir, el narrador es inatrapable. Un narrador sinuoso, impredecible.
Martín Lasalt nació en 1977, estudió Ciencias de la Comunicación y Bellas Artes. De hecho es el autor de la ilustración de la portada de este libro. Cuenta con algunos premios nacionales de narrativa: Concurso de cuentos para jóvenes y de comics.
Otro orgullo para mí es haber acompañado el crecimiento de este libro en el taller literario que llevo adelante con Rosario Peyrou, nunca mejor justificado que cuando una obra se consuma, gana un premio como el de Narradores de la Banda Oriental y la Fundación Lolita Rubial, y se publica para que cumpla con el último paso de llegar a los lectores.
Además de mi previsible orgullo, ahora debo hablarles de mi perplejidad. Pese a haber acompañado el desarrollo de la obra, vuelta a leer la novela no estoy seguro de comprender lo que ha escrito Martín Lasalt, y la mejor prueba de la eficacia de la novela es para mí, esta perplejidad, porque por más que le doy vueltas al asunto entiendo que La entrada al paraíso ahonda en una oscuridad plena de sentidos y lo que me parece más admirable, sobre una historia clara y precisa.
Leer es malinterpretar. Lo que un escritor escribe para otro no se realiza sino bajo la mirada del otro, que no necesariamente coincide con la mirada del autor ni la del lector que tiene al lado. Esto que podemos asumir sin mucha dificultad, como una relatividad inherente a la comunicación de las obras, tiene otra vuelta de tuerca en las obras literarias bien realizadas, aquellas que, como es el caso, admiten muchas lecturas y no agotan su sentido. Así que no tengo más remedio que darles una idea general de mi lectura particular de La entrada al paraíso, se corresponda total o en un ínfima parte a las intenciones de Lasalt, o a lo que el comprenda de lo que ha escrito. ¿Cómo? ¿Un escritor no tiene absoluto dominio sobre lo que escribió? La verdad, si me guío por mi propia experiencia… No.
A la modernidad de este libro podemos adjudicarle el humor cínico con que se retratan las iglesias evangelistas y los Testigos de Jehová que proliferan desde hace años en los pueblos y la capital de Uruguay, y a su raíz cristiana, en una plano más profundo, la piedad que cubre a los personajes de una historia que recorre todas las estaciones del dolor de una pareja joven, de un barrio periférico de Montevideo, a la que le han robado su bebé de pocos meses.
Es el tema de su argumento, sensible sin atenuantes. El robo de la intimidad, en su naturaleza biológica, psíquica y amorosa.
No es una novela mística, sin embargo. Tiene todos los componentes de un caso que podríamos llamar policial, el robo de un bebé, o social, el mundo de las iglesias en los barrios populares, con sus casas de bloque, sus cunetas, sus familias de trabajadores, gente hecha en el trabajo duro. Sergio es albañil, Matilde, ocasional costurera o limpiadora, no hay intelectuales en esta vuelta, ni especulaciones que no tengan que ver con la necesidad de resolver la vida en su núcleo más elemental y descarnado, el amor y su robo, los caminos de la desesperación.
La novela arranca con una intuición materna: el bebé está vivo, Matilde sabe dónde está y le pide la bicicleta a una amiga para ir a buscarlo. Parece un desenlace, pero es el comienzo de una trama que nos lleva por el pasado y el presente de esta pareja humilde y desguarnecida frente a una hecho no solo incomprensible, también aniquilador de su justificación en el mundo. El mundo se ha cerrado para ellos. Es un caso similar al del inmigrante sirio que naufragó con su familia en las aguas del Mar Egeo. Aperició el chiquito de cinco años tirado en la playa, en los brazos de un rescatista. La foto dio la vuelta al mundo. A mí me impresionó particularmente que la primera declaración del hombre que había perdido a toda su familia fuera volver al infierno del que salió a enterrar a sus muertos. Este hombre que estaba peleando por un futuro, para llegar a Europa, de golpe se le terminó la vida, se le acabó el plan, y vuelve al lugar del que escapó, lo cual es un contrasentido desde el punto de vista lógico; sólo es comprensible desde lo emotivo.
Algo de este orden pasa en la pareja de Sergio y Matilde. Matilde está empastillada para soportar el dolor y vacila en aceptar la ayuda de las iglesias evangélicas que se le acercan. Su madre es Testigo de Jehová, y Matilde conoce desde adentro el modo en que funcionan. Sergio les tiene un profundo rechazo. Han pasado por el calvario de la impotencia policial para resolver el robo del bebé, por la manipulación amarillista de los canales de televisión, y se enfrentan a su propia soledad en un ambiente áspero, lleno de limitaciones, y frecuentados por servicios religiosos que organizan la asistencia a los desamparados a condición de que abracen una fe salvadora, ciertamente manipulada pero que llega a los casos desesperados cuando han fracasado las instituciones del Estado. Es ahí donde prosperan las iglesias, en los sectores populares, y no solo en los sectores populares. Las contradicciones, absurdos, las manifestaciones más patéticas de esas iglesias tienen en la novela un retrato descarnado y mueven una parte de la trama en la que están involucrados los protagonistas.
Dije que Sergio y Matilde recorren las estaciones del dolor. ¿Hay estaciones? Hay, nos dice Lasalt: el asilamiento, la desesperación, la culpa, el aturdimiento en el alcohol, el sexo, el sufrimiento psíquico, los consuelos religiosos, las pruebas de la adivinación, la conmovedora paciencia, el abrigo del amor, la impotencia del abrigo del amor, su deceso, la violencia, la autodestrucción, el sacrificio, en este caso, de un perro, la resignación a las mentiras, son muchas. Y todas las recorre esta trama que va de la intimidad de un personaje a otro y deja en suspenso la intuición del inicio de la novela para mostrar un mundo, a veces con humor, con un realismo que no escatima la crueldad, y la piedad, y la locura, hasta su desenlace final. Nos dice Martín Lasalt: es una historia loca, es una historia cruel y estúpida, es lo que a veces pasa.
Desde el punto de vista estético, lo más interesante de la novela es que monta al lector, más que en una intriga, en una emoción sostenida a lo largo de todo el relato. A medida que se ingresa en la novela el lector queda atrapado, diría mejor, subido a una emoción que hace su propio recorrido, más que por el argumento, por la suma de estaciones del psiquismo y la intimidad, tejidas fuera del tiempo lineal. Es una novela de montajes que trastoca los tiempos y los espacios, y los ordena por su simultaneidad. Lo que hace un personaje, lo que hace otro, y el otro. A veces por sus consecuencias, de modo que un episodio se interrumpe, sus consecuencias asoman en la reflexión de otro personaje, y regresa al momento en que el episodio quedó suspendido. El tiempo y el espacio se mueven y tejen su propia lógica, nada hermética para el lector, porque el lector ya va prendido de la intensidad de la prosa. Una intensa velocidad. A Martín Lasalt le gusta la velocidad, y dar sorpresas, de modo que uno no termina nunca de instalarse en una perspectiva que ya estamos delante de otra, y en esa suma va añadiendo ideas, retratos sociales, descripciones de personajes, pedazos de mundos, acontecimientos sensibles y duros, y tremendos, con una gran sencillez y contundencia.
Ese es el armado de esta novela que poco a poco corre las sombras en la minuciosa búsqueda de la puerta del paraíso, que desde el mito de Adán y Eva siempre es un regreso al origen. La restitución a una felicidad de la que fuimos expulsados. ¿Lo conseguirá Matilde? Es la pregunta de este libro que también es un homenaje a la condición femenina, al valor de las mujeres para soportar el peso del mundo, y les recomiendo leer. Porque se trata de una experiencia estética, del espíritu, y la vivirán mientras la lean. IMG-20151010-WA0006IMG-20151010-WA0001
IMG-20151010-WA0002 IMG-20151010-WA0003 IMG-20151010-WA0004 IMG-20151010-WA0005  IMG-20151010-WA0007

Entre el cielo y la tierra. Reseña de La entrada al paraíso en EL OBSERVADOR, por Andrés Richiardulli

http://www.elobservador.com.uy/entre-el-cielo-y-la-tierra-n678667

Una de las características que tienen en común todas las buenas novelas es que son susceptibles de múltiples interpretaciones. Otra, que en la letra chica de la historia que se narra se esconde muchas veces la verdadera grandeza de la obra.

La entrada al paraíso de Martín Lasalt, Primer Premio Narradores de la Banda Oriental 2014, tiene esas dos virtudes a las que suma la rotunda actualidad de lo que cuenta. La historia incluye un secuestro, una pareja en crisis, la presencia por varias vías de los Testigos de Jehová y de una iglesia evangelista anónima, y varios arquetipos sociales que sirven para retratar un costado desolador del Uruguay posmoderno.

Que todo esto quepa en una novela de 139 páginas es ya una muestra de la capacidad narrativa de Lasalt, que se revela como un escritor muy solvente, poseedor de una voz que no duda nunca aun cuando se mete en terrenos que suelen ser pantanosos, como los saltos temporales.

La acción se desarrolla en un lugar difuso, abstracto, que bien pude ser la periferia de Montevideo o un pueblo cualquiera del interior del país. Esta elección no es menor, ya que le permite al autor centrarse solo en la historia, alejándose así de cualquier digresión superflua y, al mismo tiempo, montar el teatro adecuado para que el lector sienta y reconozca a cada uno de los personajes que desfilan.

Matilde y Sergio, una joven pareja que lleva dos años conviviendo y que acaban de tener un hijo, deben afrontar la desaparición del niño, una tarde cualquiera. La novela es la crónica de la desesperación compartida pero distinta de los protagonistas, la ruptura paulatina pero no definitiva del vínculo, las locuras que realizan uno y otro ante lo inconcebible.

Como señala Tomás de Mattos en el prólogo, lo extraordinario es que cada uno reacciona según la crianza que ha tenido, según su pasado, según lo que es por naturaleza pero también por lo inculcado. Mientras que Matilde es hija de una seguidora acérrima de los Testigos de Jehová; Sergio es un laico que solo cree en la racionalidad de las cosas.

Lo relevante es que ni el camino espiritual ni el terrenal parecen ofrecer una salida a la desesperación, al horror del hijo perdido para siempre. Tampoco la hay en las pastillas a las que recurre Matilde ni en el alcohol en el que se refugia Sergio.

Y sin embargo, a pesar de estar atrapados por el dolor, ambos luchan a su manera para no derrumbarse definitivamente, para no odiarse para siempre, para seguir siendo Matilde y Sergio un día más.

Lasalt es capaz de plasmar en tres páginas escenas de una intensidad superlativa y de honda significación, cosa que no se veía desde hace tiempo en la literatura nacional. La escritura es impecable, aun en el caso de algún exceso, como la algo larga descarga de artillería contra los Testigos de Jehová, que incluye algún lugar común.

Destaca por sobre todo un sacrificio que realiza Sergio en plena locura (o en plena lucidez), que es digno de una película de Andréi Tarkovski. La expresividad de ese pasaje justifica toda la novela que en ese momento memorable no se lee, se ve, se siente, se sufre en carne propia.

Pero es Matilde la que carga el mayor peso. Por madre y por ser ella la que estaba al cuidado del niño el día fatal. Es a Matilde a la que su propia familia abandona sin piedad, a la que todo el mundo trata con condescendencia, la que recibe obsequios estúpidos, a la que echan del trabajo, a la que la vida se le terminó. Consciente de todo esto, el autor le reserva un final memorable.

La entrada al paraíso es una novela imprescindible y Martín Lasalt, un escritor a seguir muy de cerca.

0002179522