Cuando la verdad aparece, no queda nada sano

RESEÑA EN SEMANARIO BRECHA, 13 SEP 2019, DE “UN ODIO CANSADO”, POR LEONARDO CABRERA

En apenas un lustro, desde la aparición de su primera novela, La entrada al paraíso (Ediciones de la Banda Oriental, 2014), Martín Lasalt ha pasado a ocupar un lugar central de la narrativa uruguaya contemporánea. Los sucesivos premios obtenidos por sus libros no significarían nada si no estuvieran sustentados por el hecho, simple y veraz, de que Lasalt es el orgulloso poseedor de una voz. Novela a novela, asistimos a las exploraciones de esa voz que prueba nuevos registros, y cada prueba, fallida o exitosa, es una forma de ganar seguridad, de seguir adueñándose de sí misma.

En Un odio cansado (Fin de Siglo, 2019) estamos ante el primer libro de relatos de Lasalt: compuesto por diez textos de extensión variable –desde una microficción a un relato con espíritu de nouvelle–, el libro no podría tener un título más adecuado, pues el fondo emocional de todas las historias es el de una extenuación amarga que alcanza, en sus momentos más intensos, cotas antropológicas. La primera muestra de oficio de Lasalt es la de conseguir que el lector atraviese esta sustancia sin quedarse atascado. ¿Cómo lo consigue? Probablemente, gracias a que la voz narrativa de la que hablamos antes ha entendido que ninguna materia es pura. El odio no está hecho completamente de odio, ni el cansancio es sólo cansancio. Comprendida la impureza de su materia narrativa, la voz que construye los relatos se entrega a su propia complejidad y es libre de ejecutar movimientos contradictorios y de retorcer los pasillos de su lógica interna. Entonces, los relatos se salvan de volverse solemnes y no son lastrados por la potencial pesadumbre de sus temas.

El humor absurdo, siempre a punto de volverse grotesco y escatológico, no es utilizado aquí en su función industrial del alivio cómico, sino como la única forma de acceder a cierta porción de verdad. Esto es evidente en el quinto relato, “Burgos”, en el que asistimos al día de furia de este personaje durante un raid de destrucción en busca de un macguffin tan irrelevante como cualquier otro: comida para perro. Burgos tiene la potencia de una fuerza natural, como si fuera la personificación desatada de una antigua deidad profana que, ante lo que él considera la mínima ofensa de un mortal, libera su cólera de formas insospechadas: “Burgos extrae con trabajo su gran pene, un aparato pavoroso que le hiela la sangre al quiosquero, y orina todo el quiosco, apunta alto como un bombero y la orina cae en chorros y cortinas cada vez que el viento la empuja o Burgos cambia la dirección del pene. La gente en la vereda se amontona a mirar. El diariero se cubre la cabeza con un suplemento de economía”. Más allá de la destrucción que deja a su paso, las acciones de Burgos son liberadoras y revelan un costado alegórico. Así, cuando se lleva de la solapa al esmirriado guardia de seguridad del supermercado, convertido en escudero forzado, está salvándolo, poniéndolo de cara ante un montón de posibilidades caóticas –entre ellas, la del amor– que no habría conocido de otra manera.

Es probable que muchos lectores pasen por alto un relato de apenas cuatro páginas, titulado “El catamarán”, que cuenta cómo una embarcación a vela atraviesa la rambla y se estrella en el hall de un hotel. En medio del destrozo se encuentra Margarita, una señora que estaba almorzando en el hotel y cree reconocer al marinero: su hijo perdido. La mujer se desmaya, sufre un ataque, el encuentro no se produce, ambulancias, “le preguntan cómo se llama, cuántos dedos ve, cuál es la capital de Chad, a qué temperatura se licúa el oxígeno”, mientras el hijo consigue, milagrosamente, devolver el intacto catamarán al agua para seguir viaje, y Margarita, desde el fondo del mar, observa la silueta oscura del barco que comienza a alejarse. No es nada más que eso y no es nada menos que eso, la construcción de una imagen de una enorme potencia connotativa.

Si tuviéramos que hacer una hipótesis respecto al objeto del odio que embarga a personajes como Burgos, Homero (el hijo marinero), Osvaldo (el taxista del relato más extenso, “Cuarenta fichas”) y varios más, diríamos que es odio a estar viviendo una vida ordenada, prolija y profundamente errónea. De modo que cuando ese odio deja de rumiarse y consigue convertirse en acto, viene a agrietar la falsedad para que brote, entre los escombros, algo parecido al atisbo de una vida auténtica. En el cuarto relato, “La obra de Silvia”, el anónimo narrador plural asiste al unipersonal de una actriz que, luego de su línea final, no recibe ningún aplauso. “No hay aplauso y, por lo que entendemos, no lo habrá.” El aplauso como acto celebratorio que se ha ido vaciando de verdad para convertirse en una convención, en un elemento ritual indiscutible. Sin embargo, en el relato de Lasalt el público parece incapaz de ejecutar su parte de la mentira. “Nunca más aplaudiremos con fuerza lo que no nos gusta y con discreción lo que nos ha conmovido.” La mujer sufre en el escenario, pero el público sostiene su determinación, el momento se alarga, se tensa y finalmente se produce el llanto de Silvia, que “ocupa toda la oscuridad, un llanto manso, largo, tibio, que nos envuelve rápido, y en el que nos abandonamos…”, como si el único momento auténtico de la noche pudiera surgir una vez que se detuvo cada movimiento prefijado de la máquina colectiva. “Silvia sabe, nos decimos…”.

Martín Lasalt demuestra en Un odio cansado algo más que el dominio de su oficio; da indicios de estar en el camino a futuros hallazgos que irá trayéndonos quién sabe desde qué regiones. Algo de esa emoción previa vibra en las primeras líneas de “Cuarenta fichas”: “me da como un vértigo, una sensación dulce y angustiosa a la vez por esta seguridad de que todavía le debo mucho, que falta, que recién empiezo”.

Entre el cielo y la tierra. Reseña de La entrada al paraíso en EL OBSERVADOR, por Andrés Richiardulli

http://www.elobservador.com.uy/entre-el-cielo-y-la-tierra-n678667

Una de las características que tienen en común todas las buenas novelas es que son susceptibles de múltiples interpretaciones. Otra, que en la letra chica de la historia que se narra se esconde muchas veces la verdadera grandeza de la obra.

La entrada al paraíso de Martín Lasalt, Primer Premio Narradores de la Banda Oriental 2014, tiene esas dos virtudes a las que suma la rotunda actualidad de lo que cuenta. La historia incluye un secuestro, una pareja en crisis, la presencia por varias vías de los Testigos de Jehová y de una iglesia evangelista anónima, y varios arquetipos sociales que sirven para retratar un costado desolador del Uruguay posmoderno.

Que todo esto quepa en una novela de 139 páginas es ya una muestra de la capacidad narrativa de Lasalt, que se revela como un escritor muy solvente, poseedor de una voz que no duda nunca aun cuando se mete en terrenos que suelen ser pantanosos, como los saltos temporales.

La acción se desarrolla en un lugar difuso, abstracto, que bien pude ser la periferia de Montevideo o un pueblo cualquiera del interior del país. Esta elección no es menor, ya que le permite al autor centrarse solo en la historia, alejándose así de cualquier digresión superflua y, al mismo tiempo, montar el teatro adecuado para que el lector sienta y reconozca a cada uno de los personajes que desfilan.

Matilde y Sergio, una joven pareja que lleva dos años conviviendo y que acaban de tener un hijo, deben afrontar la desaparición del niño, una tarde cualquiera. La novela es la crónica de la desesperación compartida pero distinta de los protagonistas, la ruptura paulatina pero no definitiva del vínculo, las locuras que realizan uno y otro ante lo inconcebible.

Como señala Tomás de Mattos en el prólogo, lo extraordinario es que cada uno reacciona según la crianza que ha tenido, según su pasado, según lo que es por naturaleza pero también por lo inculcado. Mientras que Matilde es hija de una seguidora acérrima de los Testigos de Jehová; Sergio es un laico que solo cree en la racionalidad de las cosas.

Lo relevante es que ni el camino espiritual ni el terrenal parecen ofrecer una salida a la desesperación, al horror del hijo perdido para siempre. Tampoco la hay en las pastillas a las que recurre Matilde ni en el alcohol en el que se refugia Sergio.

Y sin embargo, a pesar de estar atrapados por el dolor, ambos luchan a su manera para no derrumbarse definitivamente, para no odiarse para siempre, para seguir siendo Matilde y Sergio un día más.

Lasalt es capaz de plasmar en tres páginas escenas de una intensidad superlativa y de honda significación, cosa que no se veía desde hace tiempo en la literatura nacional. La escritura es impecable, aun en el caso de algún exceso, como la algo larga descarga de artillería contra los Testigos de Jehová, que incluye algún lugar común.

Destaca por sobre todo un sacrificio que realiza Sergio en plena locura (o en plena lucidez), que es digno de una película de Andréi Tarkovski. La expresividad de ese pasaje justifica toda la novela que en ese momento memorable no se lee, se ve, se siente, se sufre en carne propia.

Pero es Matilde la que carga el mayor peso. Por madre y por ser ella la que estaba al cuidado del niño el día fatal. Es a Matilde a la que su propia familia abandona sin piedad, a la que todo el mundo trata con condescendencia, la que recibe obsequios estúpidos, a la que echan del trabajo, a la que la vida se le terminó. Consciente de todo esto, el autor le reserva un final memorable.

La entrada al paraíso es una novela imprescindible y Martín Lasalt, un escritor a seguir muy de cerca.

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Paraíso perdido (La Diaria, 4 sep 2015, por Francisco Álvez Francese)

“La entrada al paraíso”, de Martín Lasalt. Montevideo, Banda Oriental, 2015. 144 páginas.

“Ella no creía en la bondad de la naturaleza, no esperaba nada bueno, no le ponía nombres lindos a las cosas malas”, dice el narrador, mediando La entrada al paraíso, sobre la madre del protagonista masculino, Sergio. Una declaración de principios, una advertencia que debería estar en la puerta de esta novela.

No concede Martín Lasalt, pintor y escritor ganador (con este libro) del premio Narradores de la Banda Oriental, al ornamento (si entendemos ornamento por el decorado fútil, “embellecimiento” de las cosas). Su poética es la de lo directo, lo certero, la búsqueda de las palabras claras. Una búsqueda que es del realismo, tanto hacia los diálogos de los personajes, que se muestran en su desgarrado laconismo, como en la narración, que busca una limpieza del lenguaje, una cortante univocidad, una transparencia que apoya cierto pavor, que provoca el dolor de lo que se dice sin más. Hay pasajes reflexivos, por supuesto, y también momentos de introspección y de ensueños poblados de recuerdos, pero la acción nunca deja de ser el eje de la trama. Y esa acción se mueve en pos de la “entrada al paraíso”, propulsora de personajes que buscan desesperados su lugar, no ya en el mundo (que los ha expulsado) sino en un más allá cada vez más plano e imposible.

El nacimiento de la tradición narrativa urbana uruguaya se ha fechado a fines de los años 30 y comienzos de los 40, a partir de la invención onettiana de Montevideo con otro nombre y en otro lugar. Es tal vez Carlos Martínez Moreno quien primero se adentra, alejándose del centro, en los suburbios de la ciudad, con un proyecto que llamó “escribir al lumpen” y que tuvo como concreción Tierra en la boca (1974). Lasalt, como certeramente asegura en el breve prólogo Tomás de Mattos (integrante, junto con Oscar Brando y Rosario Peyrou, del jurado que lo declaró ganador del concurso de Banda Oriental), ha incursionado en un territorio doblemente poco explorado en la literatura uruguaya. Por un lado, el del Montevideo rural, ése de casas pequeñas, apiñadas, de calles de balasto surcadas por motos ruidosas y bicicletas, de bares de viejos y donde, como hongos, surgen en los rincones las iglesias evangelistas, como antes las de los Testigos de Jehová (y esta doble circunstancia es tratada mediante las figuras de Matilde, protagonista femenina, y su madre, Sonia). Éste es el segundo territorio en el que pocos se han aventurado (recuerdo ahora un cuento de Daniel Mella cuyo narrador era un joven mormón), y en el que Lasalt se mete de lleno.

La inmersión en ese mundo suburbano y tremendo es también total. No como en la mencionada obra de Martínez Moreno, en la que el narrador no dejaba de ser ajeno al mundo que contaba, sino desde dentro, con un fuerte apego sentimental a los personajes y las cosas. En un territorio hecho de callejas que no merecen nombre de prócer y se llaman apenas, por ejemplo, “Pasaje B”, donde todo queda lejos y, sin embargo, el concepto de “vecindad” se estira y se vuelve muy abarcador, se desarrolla la anécdota, que tiene como núcleo a una familia en el momento de su desgarramiento. Personajes terribles, a veces grotescos y a veces puros, pasan ante una luz que los juzga pero no los condena. No la luz de Jesús en el Juicio Final (por buscar en el mismo arsenal de imágenes de la novela), sino la del Jesús que sopesa lo bueno y lo malo, y que no castiga, sino que perdona. Si el eje de la historia es la desaparición de un bebé y hay un niño que no está, la novela se erige sobre un vacío que se hace cada vez más asfixiante.

La trama, que se desarrolla casi completamente en una serie revoltosa de flashbacks que desafían la linealidad temporal, sigue entonces una historia que es de iluminación al revés, como un progreso del peregrino hecho a la inversa, caminando de espaldas. Lasalt intenta, y a menudo logra, una obra que parece suceder en un solo punto del tiempo. En forma simultánea, Sergio está en lo de su hermano, Karen (uno de los personajes secundarios más interesantes y mejor logrados) se levanta y Matilde decide salir de su casa. A la vez, de ese modo, se sellan los destinos, se completan las vidas. Todo impulsado por una idea de collage narrativo, que intercala fragmentos paralelos o de historias pasadas en un presente (pasado con respecto a la historia principal) que prolonga sus conclusiones en un futuro (el presente de la historia, su marco).

Lasalt logra una novela íntegra, cuyas menos de 150 páginas se leen de un tirón, y completa en sí, pero que extiende sus posibilidades hacia todos los puntos temporales con un notable manejo del ritmo, que alterna momentos de serenidad y de reflexión con otros de gran movimiento de acciones y de personajes. Sin embargo, hacia el final la historia toma otra velocidad, se despacha en pocas páginas y de algún modo se pierde. Como culminación, deja la sensación de poco; como clímax, queda solitario ese final, bastante inesperado; pierde la fuerza dramática que tendría en otra parte. Al terminar la lectura queda un vacío, como el que es eje de la novela; una sensación de impureza, de soledad. Y, tenuemente, una esperanza extraña, la sensación de algo que comienza pero que (y tal vez sea una manía propia) no terminará bien.

Francisco Álvez Francese

Palabras de Oscar Brando sobre la novela “La entrada al paraíso”, durante la ceremonia de premiación.

DSCN21061 (1)…Con respecto a  la obra de Martín Lasalt, empiezo tratando de recordar, imperfectamente, una película de los hermanos Dardenne, unos directores belgas que han hecho unas cuantas películas. En general su exhibición está fuera de circuito, o por lo menos fuera de los circuitos comerciales. Ahora hay una que se llama “Dos días, una noche una noche”. Pero yo recordaba una obra que se llama “El hijo”, que comienza más o menos así: hay un señor, un instructor de carpintería que está enseñando en un lugar, que claro, la película recién empieza y no sabemos exactamente qué es, pero después nos vamos a enterar que es un internado de adolescentes en infracción con la ley, miren qué tema. Ya al comienzo de la película hay una especie de conmoción: aparece un muchachito entre los chiquilines, que se suma a ese lugar de trabajo y vemos el nerviosismo de este personaje, que es un hombre, y luego nos enteraremos que ese muchacho, que es un quinceañero, mató a su hijo, mató al hijo de ese hombre. Éste sin saber, por supuesto, que su instructor será el padre del niño que mató. Va a transcurrir la película en esa tensión.

Y uno siempre piensa en aquello de Balzac, que no sé ni cuando lo dijo, ni cómo, ni en qué circunstancias, si fue una correspondencia o qué: “cuando una novela te falle, matá a un niño, y ahí no vas a tener problema”, y piensa si es legítimo, si es un recurso legítimo, esa truculencia de poner —estoy hablando de la película, por ahora—, de poner como conmoción principal de la película al muchacho que mató al hijo del instructor. ¿Cómo resolver eso? ¿Cómo salir de esa situación?

No voy a decir nada que no esté dicho entre la contratapa y el prólogo de Tomás de Mattos, porque no quiero anticipar detalle de la novela, no quiero contarles la novela, pero digo, como está en la contratapa, y en el prólogo de Tomás, puedo decir, que en la novela de Martín, desde el principio sabemos que un niño desapareció. Que a la pareja protagonista de la novela, le fue robado un niño, y entonces uno piensa lo mismo. ¿Cómo avanzar? ¿Cómo resolver ese asunto? Digo, no resolverlo en términos policiales, en términos argumentales, sino cómo resolver dramáticamente el asunto. Y entonces, ahí un poco la comparación, en los dos casos, tanto en la película de los Dardenne —lo estoy comparando con los Dardenne, eh, atenti, ustedes después vean las películas de los Dardenne y digan, pah, a este tipo (risas), yo lo conozco, ahora me saluda y todo—. En los dos casos, la aparente truculencia del acontecimiento, no es más que la oportunidad para explorar un universo, que por supuesto, es un universo complejo y que tiene un dramatismo en muchos casos truculento, pero que no se agota en el acontecimiento, ni en el caso de los Dardenne, en el asesinato de ese niño, ni en el caso de Martín Lasalt en la desaparición de ese bebé. Entonces, claro, la novela, iría encubriendo, más que descubriendo —porque el asunto ya está descubierto, está expuesto desde el principio—, iría encubriendo ese asunto central con otras capas, que obviamente quedan pregnadas por ese asunto, pero que son otras cosas; que son otros problemas; que el único problema no va a ser el problema policial, o la revelación policial del hecho. Y ahí es donde la novela empieza a tomar un interés, y a obtener un interés muy intenso, a partir de la combinación de ese dato que queda relativamente escondido debajo de las otras cosas que empiezan a tejerse alrededor.

A mí me hacía acordar, porque también Tomás lo señala en el prólogo, la escritura límpida de la novela, la escritura exacta a la que apela Martín Lasalt, me hacía acordar aquella reflexión, no tanto la exactitud, sino lo que Ítalo Calvino, en las conferencias que iba a dar en Estados Unidos, que desgraciadamente no pudo porque murió antes, que llamaba la levedad, la ligereza. Él hacía un razonamiento extraordinario, que yo no creo que pueda repetir ni remotamente bien. Primero decía que claro, el escritor que se enfrenta a una realidad, que es una realidad compleja, pesada, densa, yo recién utilizaba la palabra pregnante, puede tener la tentación de incorporar a su relato esa misma pesadez, esa misma pregnancia, esa misma materia densa. Y decía Calvino –estaba escribiendo después de la Segunda Guerra—, yo he tratado, frente a esa realidad tan pesarosa, de quitarle peso, tratar de que la obra de arte consiga la levedad, la ligereza, que esa realidad parece no tener, pero que es mejor transmitirla a través de esa levedad. Y da un ejemplo que es absolutamente estupendo, que es el de Perseo y Medusa. Que si Medusa es ese bicharraco espantoso que petrifica con la mirada, la posibilidad que tiene Perseo de combatir a la Medusa, y de combatir esa mirada petrificadora, son sus pies alados. Es decir, es la levedad de su movimiento la que podrá combatir a la Medusa. Pero en segunda instancia, además, es no mirar a la Medusa, sino su reflejo. Entonces dice Calvino, que se frena maravillosamente bien: no quiero hacer un tratado de estética, ni justificar mi arte a través de esto, pero hay que mirar así la realidad, para poder desarmarla y rearmarla, distanciarse de ella y acercarse a esa realidad. Si la miramos a los ojos, quedamos petrificados, o quedamos sometidos, caemos en la pesadumbre de esa realidad, y probablemente no consigamos transmitirla como queremos. Y entonces en ese doble movimiento, entre los pies alados de … —vamos bien, eh…, (a Alcides Abella, director de la editorial Banda Oriental): andá haciendo 4500 ejemplares más, que esto viene que…  (risas)

—Ya es un mito, ya es un mito —dice Abella.

Sigue Oscar Brando: Entre la levedad que consigue con ese vuelo, y sobre todo, esa mirada sesgada, no la mirada directa, sino la que el arte debe conseguir, que es a través de esa operación que mira a través del espejo. Es lo que hace Perseo, mirar su escudo, y a través de su escudo a la Medusa para decapitarla. Ese fenómeno es fundamental, decía Calvino, y después sigue con otras cosas estupendas sobre la cabeza de la Medusa, porque Perseo utiliza la cabeza para asustar a sus enemigos. Pero cuando la deja, la deja sobre unos pastos que se empiezan a convertir en corales en el contacto con el mal, que después los utilizarán las ninfas etéctera… Pero toda esa construcción mitológica le estaba dando la idea de cómo es necesaria esa simplicidad, la necesidad de la simplicidad para poder decir, y en el caso de la novela de Martín, una realidad tan pesarosa, y tan compleja, como la que plantean los Dardenne en muchas de sus películas, y que consiguen ese efecto de ilusión, que no es un efecto de evasión, sino un efecto de compromiso, a través de la obra de arte, con esos asuntos. El caso, ustedes la leerán y verán cuales son los detalles temáticos de la novela, la apelación a ese universo ciertamente no tan tratado por nuestra narrativa, que es el de las iglesias alternativas, o las iglesias, como pone el católico Tomás de Mattos, “las minoritarias”, en el prólogo (risas), en un acto de discriminación, pero dejémoslo ahí que no está presente, no hablemos mal de él a sus espaldas, o a la distancia. Pero bueno de ese mundo, digo, lo temático no es siempre lo que más me atrae sino la resolución de esos temas y esos personajes. Me acuerdo siempre lo que dice Céline, que parece muy tonto, muy simple, pero es muy complicado, y es encontrar un tono, lo que encuentra Martín en la novela es un tono, un tono para contar. A veces ese tono puede tener inflexiones, pero es sobre todo eso: el tono de una conversación, el tono de un estado de ánimo, el tono de la mezcla de lo coloquial con, digamos, lo más escrito. Y ahí me parece que está el gran acierto su relato.

Respecto al final, ustedes lo verán. Hace poco justamente, leyendo una nota preciosa que salió en el semanario Brecha, justo sobre los hermanos Dardenne, me recordaba que Nabokov decía que prefería los finales amargos, o los finales pesimistas. Yo no creo que el arte esté comprometido ni con el optimismo ni con el pesimismo. Me parece que en una época pensé otra cosa, pero bueno, hoy digo esto, esta es mi posición actual, en este momento puedo decir que el arte no tiene compromiso con el optimismo o con el pesimismo. Confieso que a lo largo de mi vida he preferido las obras pesimistas, vaya a saber por qué, o sí sé por qué, pero no se los voy a contar. Y en general, las visiones pesimistas y los finales amargos, me convencen más que los otros, pero no creo que sea la única solución o resolución del arte, de un relato o de lo que fuera, necesariamente, la mirada pesimista. Creo que eso tuvo que ver con un clima existencial, en algunos momentos, unas décadas de nuestra cultura, bueno, ahora vivimos otra cultura y otra década, pero no por eso me transformo, creo que estoy igualmente del lado de Nabokov, prefiero los finales amargos y el pesimismo existencial, pero creo que el arte valida cualquier otra inclinación o proclividad moral, digamos, no hay un compromiso… y ta, basta (risas y aplausos).

ENTREGA DEL PREMIO NARRADORES DE LA BANDA ORIENTAL, NOVELA “LA ENTRADA AL PARAÍSO”

diploma, medalla, certificado, el sábado pasado, 29 de agosto de 2015, fue la entrega del premio Narradores dela Banda Oriental en la ciudad de Lavalleja, y el día, de principio a fin, en la casa de Andrea, de Carmen, en la intendencia, con las palabras de Oscar Brando, las hijas de Morosoli, la buena onda de toda la gente de Minas, de la fundación Lolita Rubial y de la gente de la editorial, y mi flia, y la gente del taller, que son los genios más grandes del mundo, y el asado, y la luna llena, fueron puros puntos altos.

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