López

López pasó toda la noche en vela.

Nadie se burla de López.

López es bien macho.

A López lo molestan esas gentes.

Esas gentes, sí.

Quisiera matarlos.

Después de todo, le darían la razón.

Aunque me llevará tiempo, se dice, no lo comprenderán, al principio. Deberé ser cuidadoso, y tener sobre todo mucho temple, mucho temple. El mundo se me volverá en contra, pero tengo razón. Esto es cosa de valientes, de los pocos que tienen esta seguridad que tengo yo en el corazón. Esta seguridad, sí. Y debo hacerlo antes de que me maten a disgustos.

López lloraba de rabia, y en el medio del odio se horneaba su venganza, dulce venganza. Sentía el calor de la sangre de los infames correr garganta abajo, ese sabor que ahora eran lágrimas y luego sería la sangre que lavaría su honor. No pudo dormir, el amanecer lo sorprendió de ojos abiertos, endurecido como una piedra, transformado en esa gárgola que todos vieron entrar a la oficina a las ocho y cuarenta de la mañana. ¿Ése es López?, se preguntaban entre ellos. López los adivinaba pensar antes de que hablaran entre sí en voz baja, sabía que percibían su gran transformación y temían, porque a partir de ese aire de hielo que establecía, reinaba ya en su tiempo de venganza.

López, ¿Me firma esto por favor? Claro Martínez, deme. Qué buena modulación, qué bien suena su voz en la oficina, cómo imparte autoridad sólo el sonido. López, hoy viene la gente del diario, ¿usted los recibe? Claro, Méndez, quedamos en eso, ¿no? Por supuesto, López, sólo chequeaba la agenda, con permiso. Qué miedo en la voz de Méndez. Qué poca cosa esta gente, cómo le sobra a López persona y habilidad para gerenciar una empresa mucho más grande.

Y así pasan los años.

Herencia

El viejo se estaba muriendo. Llamó a los hijos.

—Les dejo el negocio, las casas, los autos, hablen con García, él sabe, tiene los papeles. Se los dejo todo, sólo les pido una cosa y me voy en paz.

Los hijos, que se habían endurecido por toda una vida de trato con aquel hombre imposible, se estremecieron al entender que el padre no era más que ese pobre viejo rendido, y que se les moría. Con lágrimas en los ojos dijeron:

—Lo que sea, padre, dinos.

—Sólo una cosa les voy a pedir, hijos, y todo, todo por lo que he trabajado la vida entera será suyo. Sólo una cosa les voy a pedir, García sabe. García, por favor, dígales.

—Lo que sea, padre, tú dinos —repitieron, sin mirar a García.

—Bueno, sólo que me hagan… — y señaló hacia abajo.

No entendieron, los hijos, con el ceño fruncido, aguzaron el oído, se acercaron un poco.

—¿Que? — preguntaron.

—Un… —dijo el viejo susurrando— un tetito.

—¿Qué?

—Un tete, hijos, una mamadita. Una chupadita, hijos, y les dejo todo. Los papeles están prontos.

Tardaron en salir, con la misma expresión hastiada de siempre, derecho al baño a enjuagarse.