Ilustración de tapa de Daniel Melgarejo. Tinta sobre papel.

Cuando la verdad aparece, no queda nada sano

RESEÑA EN SEMANARIO BRECHA, 13 SEP 2019, DE “UN ODIO CANSADO”, POR LEONARDO CABRERA

En apenas un lustro, desde la aparición de su primera novela, La entrada al paraíso (Ediciones de la Banda Oriental, 2014), Martín Lasalt ha pasado a ocupar un lugar central de la narrativa uruguaya contemporánea. Los sucesivos premios obtenidos por sus libros no significarían nada si no estuvieran sustentados por el hecho, simple y veraz, de que Lasalt es el orgulloso poseedor de una voz. Novela a novela, asistimos a las exploraciones de esa voz que prueba nuevos registros, y cada prueba, fallida o exitosa, es una forma de ganar seguridad, de seguir adueñándose de sí misma.

En Un odio cansado (Fin de Siglo, 2019) estamos ante el primer libro de relatos de Lasalt: compuesto por diez textos de extensión variable –desde una microficción a un relato con espíritu de nouvelle–, el libro no podría tener un título más adecuado, pues el fondo emocional de todas las historias es el de una extenuación amarga que alcanza, en sus momentos más intensos, cotas antropológicas. La primera muestra de oficio de Lasalt es la de conseguir que el lector atraviese esta sustancia sin quedarse atascado. ¿Cómo lo consigue? Probablemente, gracias a que la voz narrativa de la que hablamos antes ha entendido que ninguna materia es pura. El odio no está hecho completamente de odio, ni el cansancio es sólo cansancio. Comprendida la impureza de su materia narrativa, la voz que construye los relatos se entrega a su propia complejidad y es libre de ejecutar movimientos contradictorios y de retorcer los pasillos de su lógica interna. Entonces, los relatos se salvan de volverse solemnes y no son lastrados por la potencial pesadumbre de sus temas.

El humor absurdo, siempre a punto de volverse grotesco y escatológico, no es utilizado aquí en su función industrial del alivio cómico, sino como la única forma de acceder a cierta porción de verdad. Esto es evidente en el quinto relato, “Burgos”, en el que asistimos al día de furia de este personaje durante un raid de destrucción en busca de un macguffin tan irrelevante como cualquier otro: comida para perro. Burgos tiene la potencia de una fuerza natural, como si fuera la personificación desatada de una antigua deidad profana que, ante lo que él considera la mínima ofensa de un mortal, libera su cólera de formas insospechadas: “Burgos extrae con trabajo su gran pene, un aparato pavoroso que le hiela la sangre al quiosquero, y orina todo el quiosco, apunta alto como un bombero y la orina cae en chorros y cortinas cada vez que el viento la empuja o Burgos cambia la dirección del pene. La gente en la vereda se amontona a mirar. El diariero se cubre la cabeza con un suplemento de economía”. Más allá de la destrucción que deja a su paso, las acciones de Burgos son liberadoras y revelan un costado alegórico. Así, cuando se lleva de la solapa al esmirriado guardia de seguridad del supermercado, convertido en escudero forzado, está salvándolo, poniéndolo de cara ante un montón de posibilidades caóticas –entre ellas, la del amor– que no habría conocido de otra manera.

Es probable que muchos lectores pasen por alto un relato de apenas cuatro páginas, titulado “El catamarán”, que cuenta cómo una embarcación a vela atraviesa la rambla y se estrella en el hall de un hotel. En medio del destrozo se encuentra Margarita, una señora que estaba almorzando en el hotel y cree reconocer al marinero: su hijo perdido. La mujer se desmaya, sufre un ataque, el encuentro no se produce, ambulancias, “le preguntan cómo se llama, cuántos dedos ve, cuál es la capital de Chad, a qué temperatura se licúa el oxígeno”, mientras el hijo consigue, milagrosamente, devolver el intacto catamarán al agua para seguir viaje, y Margarita, desde el fondo del mar, observa la silueta oscura del barco que comienza a alejarse. No es nada más que eso y no es nada menos que eso, la construcción de una imagen de una enorme potencia connotativa.

Si tuviéramos que hacer una hipótesis respecto al objeto del odio que embarga a personajes como Burgos, Homero (el hijo marinero), Osvaldo (el taxista del relato más extenso, “Cuarenta fichas”) y varios más, diríamos que es odio a estar viviendo una vida ordenada, prolija y profundamente errónea. De modo que cuando ese odio deja de rumiarse y consigue convertirse en acto, viene a agrietar la falsedad para que brote, entre los escombros, algo parecido al atisbo de una vida auténtica. En el cuarto relato, “La obra de Silvia”, el anónimo narrador plural asiste al unipersonal de una actriz que, luego de su línea final, no recibe ningún aplauso. “No hay aplauso y, por lo que entendemos, no lo habrá.” El aplauso como acto celebratorio que se ha ido vaciando de verdad para convertirse en una convención, en un elemento ritual indiscutible. Sin embargo, en el relato de Lasalt el público parece incapaz de ejecutar su parte de la mentira. “Nunca más aplaudiremos con fuerza lo que no nos gusta y con discreción lo que nos ha conmovido.” La mujer sufre en el escenario, pero el público sostiene su determinación, el momento se alarga, se tensa y finalmente se produce el llanto de Silvia, que “ocupa toda la oscuridad, un llanto manso, largo, tibio, que nos envuelve rápido, y en el que nos abandonamos…”, como si el único momento auténtico de la noche pudiera surgir una vez que se detuvo cada movimiento prefijado de la máquina colectiva. “Silvia sabe, nos decimos…”.

Martín Lasalt demuestra en Un odio cansado algo más que el dominio de su oficio; da indicios de estar en el camino a futuros hallazgos que irá trayéndonos quién sabe desde qué regiones. Algo de esa emoción previa vibra en las primeras líneas de “Cuarenta fichas”: “me da como un vértigo, una sensación dulce y angustiosa a la vez por esta seguridad de que todavía le debo mucho, que falta, que recién empiezo”.

Comentario de Jairo Rojas sobre “Pichis”

https://unardoble.blogspot.com/2019/05/martin-lasalt-o-la-risa-desde-el-margen.html?fbclid=IwAR0EO2n3CWfMSo4QqZ9jxdHMFCkGydcOCehutbiqwXC8ABov7oVgWsTB0yo

Comentario de Jairo Rojas, sobre mi novela “Pichis”

El primer párrafo de la novela “Pichis” (2016) de Martín Lasalt, se puede leer como la praxis de una poética. Dos “pichis”, El Cholo y la Chola, encuentran una cabeza en un contenedor de basura, entre el susto y la fascinación se la llevan a su rancho y justo a medianoche la cabeza habla y da una instrucción: “Que los justos vayan a lugares altos”.  El relato que se desarrolla luego son las peripecias de esta pareja al querer cumplir las palabras que la cabeza ha dicho y también diversos episodios que un Pichi, o persona que vive en situación de calle, debe solventar para su cruenta sobrevivencia. Pero no estamos ante una predecible mirada realista de unas vidas malogradas, sino que Lasalt dispone de una atmosfera donde realismo y absurdo no se repelen, sino que forman una inesperada unidad. Estamos ante un cuerpo textual que acepta en proporciones equilibradas el drama y la risa. Sí, porque una parte de Pichis hace reír, pero sin que las situaciones lleguen a ser evasivas. Al contrario, está novela más allá de ilustrar situaciones delirantes también habla de una sociedad, remarcando con sus protagonistas los síntomas de una colectividad con fallos a resolver. Y ahí es dónde está su mayor logro porque supera la prescripción de los géneros literarios, su tono y sus efectos al incluir en el mismo plano lo más crudo de una realidad social y lo fantástico tan propio del campo de la ficción.

El humor en literatura es un viejo y difícil recurso de acercarse a temas delicados que a veces, como en Pichis, se dispara entre la seriedad o la dignidad ridícula con que afrontan los personajes su forma de ser y de mirar los avatares de la trama y el cómo nos lo escriben y leemos. En Pichis hay una suerte de humor crítico que curiosamente se incorpora a nuestra mirada y nos ayuda a entender el mundo desde un punto de vista más irreverente y lúcido. En este sentido, lo que se narra en esta novela es una forma de realismo pues deforma una situación para hacerla absurda y risible, pero, aún más, visible. El mundo ni la vida se someten estrictamente a las leyes lógicas y por ello el humor es una forma de explicar el absurdo del mundo. Habría que recordar al poeta argentino Leonidas Lamborghini quien siempre decía: “Empieza la risa, empieza la tragedia”.

La prosa de Pichis oscila entre los rasgos que conocemos de una vida marginal signada por el hambre, la invisibilidad o la visibildad como sospecha y/o rechazo, la incomunicación, la violencia y también con pasajes donde hay una cabeza cercenada que habla, una Montevideo sin humanos, un barrio que vuela gracias a la música o la aparición del diablo que juega con la vulnerabilidad de los personajes protagonistas. Su propuesta es un difícil y ambicioso punto medio que nos recuerda el espejo que no queremos ver a la par que nos abre la puerta a mundos posibles que la buena literatura sabe ofrecer.

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La ciudad

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La ciudad es gris. Si el día es soleado o luminoso se trata de otra ciudad. Para que sea mi ciudad, la vieja ciudad de posguerra de mi niñez en los ochenta, debe estar nublado, con un cielo de plomo compacto sobre la cabeza, una garúa insidiosa y una humedad que cale los huesos.

En la ciudad deberán los hombres tener un cansancio trasnochado que los envejezca definitivamente, el perfil afilado y ojos atónitos de murguistas sin dormir. Como sombras de antepasados que no adivinan, los hombres serán exactamente iguales a sus muertos y tendrán un aire de haber estado demasiado tiempo a la espera de una respuesta como para creer en ella el día que el cielo se abra. Como locos a los que no se les permite amar nada que no sea ficticio, se consumen en su pasión por el fútbol. Las mujeres son como muñecas rusas que esconden por adentro la velocidad y la rabia que por afuera es calma y despaciosidad, y son más conscientes que los hombres de ser exactamente sus abuelas y tatarabuelas, no las sorprende esto, ni las maravilla. Las aburre un poco ser inmortales, no les queda ánimo para suspirar, y se vuelven gárgolas grises. La ciudad es un purgatorio, una sala de espera, una fila. A veces, hombres y mujeres, darán la impresión de haber llegado a destino. Pero eso no pasa en la ciudad, la vieja ciudad de mi niñez en los ochenta, escala demorada, error de itinerario, lección, condena, karma, joda. La ciudad es de verdad y a la vez un error de la imaginación colectiva que no encuentra ya el modo de arreglar lo que ha hecho.

Aquella ciudad sale bajo las cáscaras de la publicidad de este siglo de redoblada estupidez. Está viva bajo los pies de los sonámbulos y los muerde, los recocina en su odio lento, los vuelve a morder todos los días como un perro malagradecido. El tiempo de la ciudad gana. A golpes de frustración y cansancio, de humedad y cielo gris, de esperas y mentiras y traiciones innecesarias, moldea las entrañas de los habitantes distraídos con sus sonrisas importadas y alquiladas por hora. Sueña la ciudad con un día de cenizas, en el que un volcán imposible, una bomba, una epidemia, barra con la gente y para quedarse sorprendida en la paz de su aliento triste, envuelta en su silencio para lamerse tranquila hasta dormir, sin montevideanos que la quieran.

ENTREGA DEL PREMIO NARRADORES DE LA BANDA ORIENTAL, NOVELA “LA ENTRADA AL PARAÍSO”

diploma, medalla, certificado, el sábado pasado, 29 de agosto de 2015, fue la entrega del premio Narradores dela Banda Oriental en la ciudad de Lavalleja, y el día, de principio a fin, en la casa de Andrea, de Carmen, en la intendencia, con las palabras de Oscar Brando, las hijas de Morosoli, la buena onda de toda la gente de Minas, de la fundación Lolita Rubial y de la gente de la editorial, y mi flia, y la gente del taller, que son los genios más grandes del mundo, y el asado, y la luna llena, fueron puros puntos altos.

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