López

López pasó toda la noche en vela.

Nadie se burla de López.

López es bien macho.

A López lo molestan esas gentes.

Esas gentes, sí.

Quisiera matarlos.

Después de todo, le darían la razón.

Aunque me llevará tiempo, se dice, no lo comprenderán, al principio. Deberé ser cuidadoso, y tener sobre todo mucho temple, mucho temple. El mundo se me volverá en contra, pero tengo razón. Esto es cosa de valientes, de los pocos que tienen esta seguridad que tengo yo en el corazón. Esta seguridad, sí. Y debo hacerlo antes de que me maten a disgustos.

López lloraba de rabia, y en el medio del odio se horneaba su venganza, dulce venganza. Sentía el calor de la sangre de los infames correr garganta abajo, ese sabor que ahora eran lágrimas y luego sería la sangre que lavaría su honor. No pudo dormir, el amanecer lo sorprendió de ojos abiertos, endurecido como una piedra, transformado en esa gárgola que todos vieron entrar a la oficina a las ocho y cuarenta de la mañana. ¿Ése es López?, se preguntaban entre ellos. López los adivinaba pensar antes de que hablaran entre sí en voz baja, sabía que percibían su gran transformación y temían, porque a partir de ese aire de hielo que establecía, reinaba ya en su tiempo de venganza.

López, ¿Me firma esto por favor? Claro Martínez, deme. Qué buena modulación, qué bien suena su voz en la oficina, cómo imparte autoridad sólo el sonido. López, hoy viene la gente del diario, ¿usted los recibe? Claro, Méndez, quedamos en eso, ¿no? Por supuesto, López, sólo chequeaba la agenda, con permiso. Qué miedo en la voz de Méndez. Qué poca cosa esta gente, cómo le sobra a López persona y habilidad para gerenciar una empresa mucho más grande.

Y así pasan los años.

El monstruo (versión 2)

El monstruo se agachó para pasar por la puerta y caminó por el pasillo. Los muchachos y las muchachas lo saludaron como todas las mañanas: “Buenos días, Señor Gutiérrez”. Una vez en su despacho llamó a la secretaria. La chica entró y tomó asiento.

“Paulina, por favor anote”, dijo el monstruo, y lanzó un largo rugido. Salpicó las paredes con su flema negra y levantó un viento de ciclón que arrancó lámina tras lámina la madera prensada de los muebles.

La secretaria anotó, impoluta y serena: “Llamar a la Cámara. Llamar al Contador. Reclamar el estado de cuenta de Frigosur. Preparar los formularios de B.P.S.”.

El monstruo hizo una pausa. Se había agotado, respiraba con un horrible ruido de fuelles, las garras le temblaban. Tosió y se metió una garra en el hocico, la hundió hasta la garganta y sacó despacio, adherido a una saliva densa y oscura, un antiguo soldadito de plomo.

Dejó el soldadito sobre el escritorio. Lo consideró un momento,  inquieto, y miró a Paulina, pero ella no había visto nada.

“Paulina…”

“Sí, Señor Gutierrez”

El monstruo aulló de nuevo, barrió con una garra el teléfono y la lámpara, sacó de un cajón una pluma fuente y se la clavó en el pecho hueco hasta perderla de vista sin resultado alguno. Se hundió las garras en las costillas y las abrió con un lento crujir de momia, se rajó el viente y vertió unas pocas tripas tristes sobre la mesa, las revolvió, como si buscara algo, con tal agitación que las paredes temblaron y las lámparas se mecieron al ritmo de su respiración. Hurgó con la garra dentro del pecho, con aire confundido. De pronto las piernas le fallaron y cayó al suelo. Con la sacudida las estanterías cedieron y todos los biblioratos se desparramaron.

El monstruo se arrastró entre incomprensibles cantidades de documentos y registros en un intento de alcanzar las piernas de la chica, se estiró hasta casi tocarlas y le parecía imposible que la muchacha no le sintiera la sombra, pero desistió y quedó tendido un rato, se durmió dos segundos y de repente dio con el puño en el suelo y con un esfuerzo inimaginable y en un silencio tan profundo como angustioso, se empezó a levantar. Se sostenía con una garra las tripas y con la otra se cubría el vacío donde alguna vez había debido tener el corazón.  La secretaria respiraba en un silencio perfecto. El monstruo se acercó y arrimó el hocico a su cuello perfumado.

“¿Llamo a la Cámara?”, preguntó la muchacha.

El monstruo tardó en asimilar las palabras. Contestó con su último aullido, más agudo y doloroso que todos los anteriores. El cielorraso se partió y cayó a pedazos, y por un largo rato no hubo otra cosa que una nube de polvo de yeso.

Paulina se retiró, llamó a la Cámara y pasó la llamada, como todas las mañanas, pero el teléfono sonaba y nadie lo atendía. Excepto por la ventana abierta y la ausencia de Gutiérrez, todo estaba en su lugar.